domingo, 1 de febrero de 2015

Un atlas del mundo difícil, Adrienne Rich



He aquí un mapa de nuestro país:
aquí está el Mar de la Indiferencia, barnizado de sal
Este es el río maléfico que fluye de la frente a la ingle
agua que no nos atrevemos a probar 
Este es el desierto en el que se han plantado misiles como bulbos 
Este es el granero de las granjas hipotecadas 
Este es el lugar donde nació el chico rockero 
Este es el cementerio de los pobres
que murieron por la democracia Este es el campo de batalla
de una guerra del siglo diecinueve el sepulcro es famoso:
Esta es la ciudad marina de mito e historia cuando las flotas pesqueras se arruinaron 
aquí es donde había trabajo en el muelle 
congelando pescado en trozos paga por horas sin dividendos 
Estos son otros campos de batalla Centralia Detroit
aquí están los bosques primitivos los filones de cobre de plata
Estos son los suburbios del consentimiento el silencio se eleva como el humo de las calles
Esta es la capital del dinero y del dolor; sus pináculos
estallan en el aire caliente, sus puentes se desmoronan
sus hijos van a la deriva por ciegos callejones confinados
entre alambres de espinas enrollados
Prometí mostrarte un mapa y dices pero esto es un mural
entonces bien, déjalo estar son pequeñas diferencias
la cuestión es desde dónde lo miramos

1990-1991

Traducción María Soledad Sánchez Gómez

viernes, 12 de diciembre de 2014

Cicatrices, Rocío Muñoz



Un cuerpo es un conjunto de ásperas cicatrices,

Una cartografía de líneas que recuerdan

Que uno ha vivido tanto como le ha permitido

La vida hasta el momento.

Un cuerpo es un estar siempre exhibido,

Siempre a merced de todas las miradas,

siempre a juicios, a gustos y a distancias.

Demasiada presión;

Un cuerpo solo no resiste tanto.

Un cuerpo solo solo junta heridas

Del tiempo y del espacio que se habita.

Un cuerpo dice más de lo que calla

Y calla siempre más de lo que dice,

Y hay que ponerlo siempre en todas partes,

Al cuerpo, acarrearlo como a un muerto

A veces, y otras veces

Como a un vivo artefacto en resistencia.

Un cuerpo sabe todo.

Memoriza el pasado de su especie,

Lucha por su futuro

Y es desde luego el único presente.

Un cuerpo es una herida plural e indivisible,

Es una meta, un puente y un abismo,

Es lo que hay,

lo que toca.

Lo demás no se sabe.


(vía Eliza Lungu)   http://www.carmengdelacueva.com/

martes, 9 de diciembre de 2014

Cartografía desde la Anti-Muñeca

¿En qué piensas cuando piensas en cicatrices?[1]

Me siento a escribir, a arrancarme las palabras en un ejercicio de esforzada autorreferencialidad, a mostrarme y a tornarme un poco más accesible, a compartir la ficción de los límites en los que se hace extensible mi cuerpo. Escribo y dinamito las fronteras del fondo y la forma de lo privado, leo mi cuerpo que deambula marcado como presencia en el espacio, y pienso, desde ahí en lo inaprehensible (Le Breton: 2002).


Las anti-muñecas quieren ser “la materialización de la búsqueda de representaciones y auto-representaciones diferentes de lo que se ha aprendido de cómo deben ser lxs cuerpxs y el comportamiento de las mujeres: color de piel claro, delgada, simétrica y voluptuosa; bien portada y sumisa. Las anti-muñecas están hechas de trapos y en formatos únicos para mostrar que las mujeres no son un modelo unitario, sino al contrario, que en la diferencia y su reconocimiento radica la riqueza”[2]. Y presento mi anti-muñeca como un recorrido por mi propio cuerpo, a través del que me sitúo y me hago visible, a través del que me produzco. Con la anti-muñeca que revisita mi cuerpo me propongo mapear los sentidos, las emociones, los lugares, las relaciones… diferenciando el tatuaje como marca corporal con un significante y significado indisociables, situados e interrogados en un presente continuo.

El tatuaje en mí traspasa las nociones normativas estéticas como cuerpo que se construye en disputa en la modernidad. Los tatuajes narran en mi cuerpo esas mis grandes historias, reparan gratos y duros momentos, expresan placer, esconden dolor, se inscriben como pactos de afectos y emociones, me enraízan y vinculan a los lugares. Son formas de construcción propias, de reflexión y escritura en el cuerpo encarnado (Citro: 2010) y cuentan parte de la memoria que me quiero esforzar por recordar; por haber estado y seguir estando siendo.

La ocupación de múltiples geografías (Mc Dowell: 1999) se cartografía en mi cuerpo de antimuñeca como trayectos que emergen atravesados por la clase y la ruralidad, y en el recorrido de lugares que evocan al seguir estando siendo desde las experiencias de frontera, de viaje, de tránsito, de idas y vueltas, de rayarse con lo contextual, con la esperanza en los procesos de muda, de mutilación y de lesión, que no son unívocos, que cambian en y con los tiempos, para sentirse sola y con una misma, y en continua relación con quienes se articula un (hiper)vínculo de afectos y disoluciones, de construcción de deseo.

Pensar que el cuerpo tiene sus razones y romper entre la dicotomía que me separa de mi cuerpo (Citro:2012) reorienta la ubicación de posesión entre el ser MI cuerpo y estar en MI cuerpo. Y en los procesos de catarsis emocional y física, las distancias entre estas dimensiones se acortan y se conjugan funcionalmente para entender como orgánicamente me voy viviendo.


Y el cuerpo marcado y automarcado desde la mirada externa, la masa corpórea en exceso y ausencia. La resonancia de la legitimidad entre las modificaciones corporales permitidas y las no permitidas nombra a los cuerpos abyectos. El régimen de corporalidad que me impone unos senos es el mismo con el que a veces me tapo mis peludas piernas, y el mismo que me hace titubear entre trastornos y ansiedades que se nutren de las lógicas del sistema tecnoindustrial alimentario.

Mi cuerpo también inscribe un proceso de politización consciente, y dispongo mi cuerpo como discurso habitado (Butler: 2002) desde lo cotidiano, que escapa a unas normatividades, pero, que, como paradoja que subyace, se inscribe en otras. Los procesos de identificación personal como individuas únicas y especiales se convierten también en trampas del proyecto de modernidad del libre soberano. Sin embargo, la apuesta de atravesar el cuerpo con discursos y marcas son también actos políticos de transgresión estética y   hacia el régimen cis y heterosexual impuesto.


              

Socializada como niña machorra, que no gustaba del juego feminizado como desafío a lo que se cuenta como civilizado y no enfermo, ahora me encuentro jugando con muñecas, y eso ya no me destruye ni me contraría. Porque el juego con el cuerpo se moldea ubicando placeres, fortalezas y doleres, y, todas juntas, se me amarran a la espalda, construyendo las vías de un camino indefinido, no evidente, de tránsito.

               



Textos de referencia:

-        Butler, Judith (2002). Introducción. Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”. Buenos Aires: Paidós.
-        Citro, Silvia (2010). La antropología del cuerpo y los cuerpos en-el-mundo. Indicios para una genealogía (in)disciplinar. En Silvia Citro (Coord.), Cuerpos plurales. Antropología de y desde los cuerpos, (pp. 17-58).  Buenos Aires: Editorial Biblos.
-        Le Breton, D. (2002). Lo inaprensible del cuerpo. En D. Le Breton, Antropología del cuerpo y modernidad (págs. 13-27). Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión.
-        McDowell, L. (1999). Género, identidad y lugar: Un estudio de las geografías feministas. Ediciones Cátedra.








[1] Beyond Amesty
[2]Sección de “Clasificados”, en la Hoguera, publicación feminista antipatriarcal, No. 0, 2012, http://lahoguera.confabulando.org/wp-content/uploads/2012/05/revista-la-hoguera.pdf

Cuerpos que trazan mapas y surcan fronteras




"To survive the Boderlands you must live 
sin fronteras be a crossroads" 
Gloria Anzaldúa 
Boderlands/La Frontera“

Mi cuerpo traspasa las fronteras, yo camino por esa línea que separa, une, interactúa, define al otro, te referencia a ti misma, discrepa de lo “puro” y los esencialismos, o quizás no…. No obstante, hago un simulacro de colores como esencia del contorno de mi cuerpo, como una pintura impresionista francesa frente a líneas nazca sobre la piel que se transporta a un telar bidimensional, donde comienza la esencia… comienza el trazado del mapa. 

De esta manera comienza el primer trazo, viéndome, en palabras de Butler, a través de quien me interpela. “[…] en realidad, solo puedo decir “yo” en la medida en que primero alguien se ha dirigido a mi y que esa apelación haya movilizado mi lugar en el habla; paradójicamente, la condición discursiva del reconocimiento social precede y condiciona la formación del sujeto: no es que le confiera el reconocimiento a un sujeto; el reconocimiento forma a ese sujeto” (Butler, 2002: 317). 

En esta cartografía he esbozado mi cuerpo, que es un cuerpo que cruza fronteras y que tejió su(s) identidad(es) a partir de ahí, de esa mirada al otro, de esa mirada a sí misma. Hizo del viaje su hábitat por el que va saltando entre espacios políticos, geográficos y/o culturales, desenfocando su visión y cultura de sonidos, para interpretar cada vez más mayores rangos de aprendizajes a través de los ojos, manos, oídos, nariz, boca, sentires… de otros cuerpos, en ocasiones sin tener que desplazarse de lugar, sino más allá de transcender a otro momento, a veces un viaje hasta dentro de sí misma. En este sentido, concuerdo con la propuesta de Linda Mc Dowell, cuando dice que “el viaje no tiene por qué incluir un gran desplazamiento geográfico, de hecho puede ser local e incluso puede realizarse sin desplazamiento físico alguno. Se trata de una experiencia de cambio que resulta de la transformación de las circunstancias económicas, sociales y culturales” (Mc Dowell, 1999:12). Igualmente, sugiero la visión de la misma autora sobre los espacios y las relaciones de poder; me permito nuevamente parafrasearla cuando describe como “los espacios surgen de las relaciones de poder; las relaciones de poder establecen la norma; y las normas definen los limites, que son tanto sociales como espaciales, porque determinan quien pertenece a un lugar y quien queda excluido, así como la situación o emplazamiento de una determinada experiencia” (Ibid, 1999: 10). No obstante, un cuerpo definido en un espacio determinado está cruzado por relaciones de poder que se dan en ese determinado lugar, y por tanto, los cuerpos en sí no son un problema, sino como nombran Ramírez y Moreno, “una relación socialmente construida” con esos cuerpos que han podido ser aceptados o no. (Ramírez; Moreno, 2013). 

He ido en cada paso y en cada cruce de fronteras de alguna manera generando una performatividad de mi identidad y de mi cuerpo, llegando a ser en el sur de Europa racializada como oscura, mientras en América Latina se me aclaró la piel, más allá de un sentido de colores, subyace una posición determinada por la relación de poder que se preestablecía histórica y geopolíticamente. Se me identificó como hombre en mi adolescencia por el corte de pelo y el vello de mi cuerpo, mujer más adelante por mi cuerpo y genitales, lesbiana por mi deseo y mi vestimenta, y tras una operación de pecho que tuve y una temporada post-operatoria donde solo podía usar camisas por imposibilidad de levantar mis brazos, se me identificó como chico trans por la imagen, ropa, pelo… y por tanto, cambiaba la respuesta de afuera. La identidad según los otros, la identidad de traspasar fronteras de cualquier tipo, la identidad de un viaje incluso cuando caminas por las mismas calles. En muchos momentos, he sentido un juego camaleónico, integrando en su piel diferentes estratos de texturas, colores y sabores ya sean voluntarios o impuestos. Butler nos remite a entender la realidad corporal como una realidad compleja, con una producción de normas y cuerpos que producen estrategias de identificación y desidentificación. Pero que en ambos casos, estas estrategias tiene determinadas luchas. La performatividad de los cuerpos incorpora una memoria más allá de las normas culturales, sino de la memoria del cuerpo (Butler, 2002). Bourdieu, por su parte, contempla en su concepto de habitus, como el producto de la historia, los instrumentos de elaboración de los social que invierte en el conocimiento práctico del mundo y la acción están socialmente elaborados, es decir, estructurados, por el mundo que estructuran (Bourdieu, 1999: 179). 

Yo me pregunto, cada vez que escucho “mi cuerpo es mio”, si realmente podemos reapropiarnos de nuestro cuerpo si al fin y al cabo es una identificación cultural, política y social dentro de un espacio y un momento determinado. Por tanto, ¿Dónde ponemos las fronteras del cuerpo? Lo usual podría ser considerar que la frontera del cuerpo está en los límites de la piel externa, pero en qué medida puede ser real, ¿no es ese cuerpo parte de un entorno por el que se mueve y habita? Le Breton escribe que “el cuerpo parece algo evidente, pero nada es, finalmente, más inaprehendisible que él. Nunca es un dato indiscutible, sino el efecto de una construcción social y cultural [...] normalmente occidental y moderna.” (Le Breton, 2002:14). En este sentido, Aydée Ramírez y Natalia Moreno disponen que “El cuerpo hace parte de un contexto que implica una historia social y corporal; es potencia, posibilidad, situación, contingencia, enseñanza, aprendizaje, lugar, encuentro. Y la praxis, la posibilidad consciente de transformación creativa y emancipadora cuyo único lugar posible son los cuerpos” (Ramírez; Moreno, 2013: 7). Es por tanto, que esta cartografía está diseñada desde un momento determinado de mi historia, del entorno, en un contexto específico donde creció y transitó, y hoy, precisamente hoy, destaco unas características determinada de mi cuerpo que posiblemente no serán las que destaque en el futuro esté donde esté en cualquier punto del viaje, traspasando cualquiera de las fronteras. 

Esther Martín











Bibliografía
- Anzaldúa, Gloria (2012) Borderlands/ La frontera. The new mestiza. San Francisco: Aunt Lute Books, 4th Edition.
- Bourdieu, Pierre (1999) El conocimiento por cuerpos. En Meditaciones pascalianas. Anagrama. Barcelona PP 169-214.
- Butler, Judith (2002) Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”. Buenos Aires: Paidós.
- Le Breton, David (2002) Lo inapreciable del cuerpo. En Antropología del cuerpo y Modernidad. Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 13-27
- Mc Dowell, Linda (1999) Género, Identidad y Lugar: un estudio de las geografías feministas. Ediciones Cátedra.
- Ramírez, Aydée; Moreno, Natalia el al (2013) ¿Discapacitadas nosotras? “Experiencias de exclusión y discriminación en los cuerpos: anormalidad, transgresión, fuga. Nómadas (Col), núm. 38, abril, 2013, pp. 151-165. Universidad Central de Bogotá




Desde la Frontera (E.Martín)

Yo vengo del sur cuando estoy en el norte
Yo vengo del norte cuando estoy en el sur. 
Mi piel se oscurece cuando llego a Madrid,
mi piel se aclara cuando regreso a Bogotá.

Desde una frontera de colores,

desde una frontera de sabores,
desde una frontera se va dibujando mi yo (Bis)

Siento que en cada viaje 
una parte de mi llega y otra se va.
Siento que la diferencia huele a besos
si te atreves a mirar.

Siento que yo no estoy tan lejos ni tan cerca

de fuera ni dentro,
Solo continuo mi navegar.

Desde una frontera de colores,

desde una frontera de sabores,
desde una frontera se va dibujando mi yo (Bis)

[Letra de la Canción/ improvisación de la presentación del material.]
 

EL CUERPO COMO SISTEMA CLASIFICATORIO Y DE PODER EN LA VIDA MONÁSTICA

EL CUERPO COMO SISTEMA CLASIFICATORIO Y DE PODER EN OTROS CUERPOS Esta es una relación-crítica específicamente al ámbito religioso cristiano en lo que respecta a la práctica de la vida monástica asignada a las mujeres que les interesa vivir en comunidad de fe la experiencia de relación con su Dios. La reflexión tiene total relación con mi avatar de clase titulado “FLOR JAMÓN” ya que y se enlazada con la primer palabra del título, cuando hago una visión retrospectiva de mis vivencias corporales y de acuerdo con (La antropología del cuerpo y los cuerpos en el mundo, 2010) Antonin Arttaud “Nunca hubiera nacido una idea sin el trabajo efectuado un día por el cuerpo”. Desde la segunda palabra del título “jamón” invierto el discurso performativo literal que construye el cuerpo de la monja, el cual se convierte en un vivo ejemplo de la reproducción, la dominación de una sociedad patriarcal y androcéntrica. 1. cuerpos históricos Mi cuerpo nombrado Flor Marina, desde siempre a vivenciado las acciones discriminatorias por sexo, clase, raza, religión, género; con mayor afectación en tiempos pasados, no porque hayan reducido, sino por la forma personal de mediar esos discursos, sin embargo no puedo dejar de mencionar que al observar a mi madre y analizar mi entorno, me quedaba con muchas incertidumbres y rebeldías frente al discurso común de la comprensión en los actos ofensivos de los demás, de callar para no tener mayores problemas, de aceptar con paciencia el destino de ser mujer, casarse con un “buen hombre”, formar una maravillosa familia como ejemplo y núcleo de la mejor sociedad. Esto me lleva a buscar una experiencia que atravesará todos mis sentidos, me diera mayores razones de vida, la experiencia de Dios. Sin embargo y gracias a él, no dentro de una vida monástica lo cual hoy mi boca lo dice con seguridad. Dado que la instauración de la vida monástica hace parte del discurso occidental impuesto a nuestros antepasados, los cuales experimentaron abrupta-mente la transgresión de sus cuerpos cuando se vieron sometidos desde la asignación de animales e inhumanos como cuerpos incontrolables, salvajes, promiscuos y peor aún como instrumento de otros cuerpos llamados humanos(los occidentales); Así es que las mujeres fueron utilizadas para satisfacer a los otros con su sexualidad, la producción de mano de obra como reproductoras, el cuidado-amamantando a los hijos de los “blancos,” se les fue impuesto la vida de claustro para ejercer los oficios domésticos y materiales en condición de esclavas. (Ana, 2003). 2. Cuerpos geopolíticos (El género y el lugar. El lugar del género, 2000) Esa instauración de la vida monástica para las mujeres y la aceptación de muchas en sus propias vidas es la participación directa de las mismas en la misoginia proclamada por diferentes instituciones, en específico en esta reflexión la iglesia que desde el pasado, “hace todo lo posible para domesticar la producción intelectual de diversas mujeres y apartarlas de ese ámbito y que aún les niega la posibilidad de ocupar un lugar protagónico en su anquilosada estructura jerárquica” (Hernández) colocando en una posición de privilegio a los hombres. En el convento, hay quienes son madres superioras, otras asignadas para los asuntos económicos, para los asuntos de trabajo pastoral, para los de manejo de relaciones sociales, para asuntos del cuidado de la casa de monjas, para el cuidado de los sacerdotes y que decir de las novicias que en la convivencia del convento pasan a ser las auxiliares de todas las anteriores, (Tal vez se me escapen otras situaciones). La división espacial de lo público y lo privado es consentida por las monjas cuando allí aún con una aparente autonomía, interés y vocación propia, se sujetan a obedecer los proyectos elaborados y dirigidos por sacerdotes, donde su voz es la de otros, su forma de vestir, la que les han autorizado, el lugar donde viven, el que les aprueban, los deseos y placeres propios son anulados, sus horarios y espacios de relación son medidos y a través de los votos de obediencia, pobreza y castidad sus cuerpos son regulados. De otro lado ellas haciéndose multiplicadoras de la evangelización a través de discursos verbales de normalización binaria en función del género y una moral con visión individualista reguladora del mismo, en si alejadas de la realidad de opresión social en forma devastadora hacia las mujeres. Mi avatar es una forma de romper los estereotipos de vigilancia en los cuerpos construidos como monjas; el habito tiene como función tapar el cuerpo y mostrar en cambio el despojo de la belleza como molde de feminidad correcta; por ello mi vestuario es pantalón y blusa escotada, que sin dejar mi experiencia corporal de Dios, menos oculte mis corporalidad dispositivo de deseo, de auto y heterosexualidad. (Brea, 2007) Flor jamón Cuyo cuerpo transita Por el tiempo que le da la gana Cuya carne tiene Olor, color, sabor y sonido A existencia en un solo tiempo Y muchos espacios El placer le da sentido a la experiencia de ideas que salen de tal cuerpo Cuerpo que da origen A ideas como la maravillosa Auto sexualidad A la resistencia de la media naranja Y de la sobriedad si la demencia es la mejor forma de pensarse y reírse de sí misma y de los demás Soy del sur y cuerpo abyecto Seguramente para otros Me gusta serlo, las invito a serlo Con migo, pues estoy segura que quien yo (miro, huelo, hablo, siento y pienso) no es creador ni practicante de un solo discurso performativo de discriminación u opresión de nuestros cuerpos y pensamientos corporizados. Inspirado en el texto cuerpos que importan Butler Judith Bibliografía Ana, M. A. (2003). En monjas coronadas. Vida conventual femenina, en Hispanoamérica (págs. 49-66). México D. F,. Brea, J. L. (2007). Cambio de régimen escópico: del inconsciente óptico a la e-image. N°4, , 19. Butler, Judith. (2002).Cuerpos que importan sobre los limites materiales y discursivos del "sexo". (s.f.). Buenos Aires: Paidos. El género y el lugar. El lugar del género. (2000). En L. McDowell, Género, identidad y lugar (págs. 11-19). Juan Ignacio Luca de Tena, Madrid: Cátedra. Hernández, F. G. (s.f.). Esposas y amantes de cristo. En C. R. Mara Viveros, De mujeres, hombres y otras funciones (págs. 202-204). Bogotá: Del grupo TM s.a. La antropología del cuerpo y los cuerpos en el mundo. (2010). En A. A. Citro, cuerpos plurales. Antropología de y desde los cuerpos (págs. 17-20). Buenos aires: Culturalia. Mitchell, W. (N°1, 2003). Mostrando el ver: una critica de la cultura visual. Revista de estudios visuales, 16-38. Estoy segura que a quien yo (miro, huelo, hablo, siento y pienso) no es creador ni practicante de un solo discurso performativo de discriminación u opresión de nuestros cuerpos y pensamientos corporizados. Flor Marina Mora Cañas Cartografías Corporales

lunes, 8 de diciembre de 2014

"Borderlands" entre el Santa Fe y el Samper

En las orillas del Santa Fe, confinada entre las muchas paredes que delimitan mi amplio y blanco “sistema casero y computarizado” (McDowell, 1999) de trabajo flexible, me dedico a la más noble labor de este país: hablar por las víctimas del conflicto armado y revelar al mundo que necesitan para que sus vidas sean mejores, según el punto de vista de las organizaciones de izquierda con ISO 9001. A unos pasos, están viviendo una gran cantidad de víctimas, pero hay algo más importante en la vida de ellas que los efectos del conflicto armado: son putas. Por ende, nadie se acuerda que muchas de ellas fueron dulces, cándidas y santas almas “desplazadas”, como reza el buen estereotipo. De pronto, cuando la Secretaría de Integración Social abre un jardín nocturno en el Santa Fe[1], puede ser interesante recordar a la ciudadanía que las putas, además de putas, son madres y son “desplazadas”. Así se justifica la inversión del dinero de los impuestos del buen colombiano.
Tengo como vecinxs, mujeres cis y trans que se dedican al trabajo sexual y también la gente de la panadería, la de los Víveres San Miguel, del café-internet, del Restaurante “Chirrigomelo”, los vecinos de al frente que comparten con nosotros el exhibicionismo de no tener cortinas, los vecinos de abajo que hacen hermosos zapatos, el vecino de la tienda de pinturas que nos ayudó con la instalación de los ganchos para la hamaca etc. Pero parece que el resto de la ciudad ignora toda la diversidad de relaciones que se dan en este territorio, que acá se come y se enferma, es decir, se consumen otros signos-mercancía (Sarto, 2012) además del sexo. 
No quiero con eso invisibilizar las dinámicas que se crean alrededor de la prostitución. Las he sentido en mi cuerpo. Más que en cualquier otra parte de Bogotá, este cuerpo poco acostumbrado con la sensación de tener sobre él muchas camadas de ropa ha tenido que vigilarse para no ser confundido con el de una puta. Nada de atravesar la calle con un eventual shorts porque en un segundo estaría ocupando el lugar social de la puta, lo que implica ser albo de miradas y palabras invasivas y violadoras. Es lo que veo cuando por acá pasa una mujer - cis o trans - en una ropa que la “cachaquice” considera inadecuada. Mientras se dice que ninguna mujer nace para puta, en las calles del Santa Fe, todos los cuerpos inscritos en la perfomatividad del género femenino somos potenciales putas.

Acercándome al “peligro”
Hace dos meses, me acerqué dos cuadras hacia el centro, y las visitas empezaron a escasearse: pasé a vivir en el Santa Fe. Antes la cosa ya no estaba muy bien, porque ya estaba viviendo en Los Mártires. Y vivir en Los Mártires, no importa el barrio, está mal ya sabes por qué. Si no sabes, le cuento: porque esta es la localidad del Santa Fe. Resulta que traicionando todas las expectativas que me empurraban para Teusaquillo, me mudé para el Santa Fe, administrativamente hablando. Inicialmente los recogidos por el barrio – para coger el Transmilenio, para comprar una que otra cosa - fueron marcados por el miedo instalado por todas las prevenciones de otras personas. Pero hacer una y otra vez los caminos y no morir en ninguna de estas veces me fue generando familiaridad. 
La vista que se tiene desde la sala también seduce a lxs detractorxs del Santa Fe.
Las transformaciones en mi afectividad con el territorio me volvieron una ardua defensora del Santa Fe a cada “mala jeta” que reprocha mi decisión de venir a vivir acá. Confieso que a veces me da pereza de ponerme en la tarea de la deconstrucción de estereotipos, lo que requiere un doble esfuerzo ya que hay personas a que les cuesta creer en las lecturas que hago sobre este país, como si la brasilidad con que me carimbaron aquí me impidiera de entender lo que está pasando. Por eso a veces solamente argumento: “ya es en la frontera con Samper Mendoza”.
Efectivamente, sé muy poco de “fuentes primarias” sobre las dinámicas alrededor del trabajo sexual en mi barrio. Probablemente muchxs de mi vecinxs tampoco lo saben porque a lo mejor tienen el semáforo en la cuadra siguiente como la frontera. Pero por muchos motivos, tengo el interés de entender ese “fenómeno” que es la tarjeta postal del barrio para el resto de la ciudad. Así que con mucha “curiosidad antropológica” comparecí al evento “Yo no soy una puta, yo soy la puta y para usted: Señora Puta”, realizado por el Colectivo Caldo de Cultivo en alianza con la Red Comunitaria Trans en noviembre de este año.
Foto: Guillermo Camacho
Confieso que la descripción del proyecto me causó extrañeza. Así lo explican: “busca crear experiencias compartidas para la producción de auto-representaciones que apelen al respeto y dignidad de las mujeres y mujeres trans en ejercicio de la prostitución en el barrio Santa Fe de Bogotá, la llamada "zona de tolerancia"” (Caldo de Cultivo, 2014). La distinción entre “mujeres” y “mujeres trans” me llamó la atención por lo que Butler nombra el privilegio heterosexual que opera de muchas maneras, incluso naturalizándose y afirmándose como lo original y la norma (Butler, 2002). Así cuando califican como “trans” algunas mujeres, mientras otras no reciben ninguna explicación adicional sobre su performatividad de género, pareciera que las que son llamadas “trans” son mujeres “de mentiritas”, mientras las otras sí están desempeñando su “sexo verdadero” (Bento, 2010).
Próxima Estación: Calle 22. Foto: Caldo de Cultivo.
Aunque contrariada con la forma de nombrar y distinguir a las mujeres, aprendí mucho más de lo que podría imaginar en un primer momento de inconformidad conceptual. El letrero en rojo con la frase que daba nombre al evento hacia voltear el cuello de lxs pasajerxs de Transmilenio. 
Aproximadamente cincuenta jóvenes, buena parte de ellxs provenientes de “Generolandia”, poblaban esta esquina que en otros contextos sería atravesada con máximo afán. Presentaciones de cantantes de hip hop se alternaban con presentaciones de las propias anfitrionas con fonomímica y danza del vientre, que también conducían el evento transmitiendo una pauta política centrada en la reivindicación de que se les reconociera como seres humanos, se respetara y se garantizara su libertad de ser o dejar de ser trabajadoras sexuales y habitar en el Santa Fe. También recordaron a una de las muchas mujeres trans que fueron asesinadas en el Barrio. Las declaraciones de amor por Santa Fe se mezclaron con las historias de violencia dando más un ejemplo de lo paradójico que es este mundo.
Sus intervenciones confirmaron lo que el equipo investigador de “¡A mí me sacaron volada de allá!” concluyó sobre la Zona de Tolerancia: este territorio se configura como un gueto, según el concepto desarrollado por el sociólogo Loïc Wacquant. Según él, el gueto es un mecanismo de control social y encierro que se materializa por medio de cuatro factores: el estigma, la restricción, el confinamiento espacial y el encasillamento.
Según las autoras que entrevistaron a siete de las mujeres trans víctimas del conflicto armado que habitan el barrio, la restricción espacial sirve tanto para maximizar los beneficios otorgados por la explotación del trabajo sexual como crear “barreras territoriales simbólicas que mantienen a las prostitutas lejos del resto de la ciudadanía” (Prada, Galvis, Ruiz, & Gómez, 2012).
Sin embargo, las voces que dicen amar a Santa Fe revelan que esta exclusión territorial también es capaz de generar una profunda identificación con el gueto y las lógicas que aquí se establecen, forjando una sensación de seguridad y vida colectiva inimaginables en otros lugares de la ciudad – basta con que se atrevan a coger Transmilenio para que las miradas de lxs demás pasajerxs denuncien que traspasaron la frontera del territorio en que se les tolera.
De hecho, en la conversación con uno de los organizadores del evento, supe que el decreto que oficializó la zona de tolerancia fue precedido de unos diálogos, así como cuando se busca desarmar un grupo en este país. Y el “Acuerdo de Paz” a que llegaron fue la demarcación de la zona de tolerancia entre las calles 19 y 24 y entre Caracas y Carrera 17.
Al final del evento ya estaba emocionada y sintiendo pulsar el apego al territorio y un orgullo de vivir acá - como si fuera necesario mucho coraje para hacerlo, como si todxs estuviéramos expuestxs a los mismos riesgos que las chicas trans relataron. En medio de este casi trance geográfico, uno de los organizadores del evento, que nunca ha vivido en Santa Fe, pero tiene una historia mucho más larga e intensa que yo con este barrio, me pregunta exactamente donde vivimos. Le cuento y él interrumpe mi éxtasis telúrico: “Ah, pero esto ya es Samper”. He ahí un aspecto interesante de habitar las fronteras: para los de adentro, soy de afuera; para los de afuera, soy de adentro.

Trabajos citados

McDowell, L. (1999). Dentro y fuera de lugar: cuerpo y corporeidad. En L. McDowell, Género, Identidad y Lugar: un estudio de las geografías feministas (págs. 58-104). Madrid: Ediciones Cátedra.
Sarto, A. d. (2012). Los afectos en los estudios culturales latinoamericanos. Cuerpos y subjetividades en Ciudad Juárez. Cuaderno de Estudios Literarios , 41-68.
Caldo de Cultivo. (2014). Proyectos. Recuperado el 7 de Diciembre de 2014, de Caldo de Cultivo: caldodecultivo.com
Butler, J. (2002). El género en llamas: cuestiones de apropiación y subversión. En J. Butler, Cuerpos que importan: sobre los límites materiales y discursivos del "sexo" (págs. 179-203). Buenos Aires: Paidós.
Bento, B. (2010). La produción del cuerpo dimórfico: Transexualidad e Historia. Anuario de Hojas de Warmi .
Prada, N., Galvis, S. H., Ruiz, L. T., & Gómez, A. M. (2012). ¡A mí me sacaron volada de allá!: Relatos de vida de mujeres trans desplazadas hacia Bogotá. Bogotá: Secretaría General de la Alcaldía Mayor de Bogotá D.C.






[1] Ejemplo basado en hechos reales: http://www.integracionsocial.gov.co/index.php?option=com_content&view=article&id=443%3Adulce-sueno-en-el-santa-fe&catid=8%3Aultimas-noticias&Itemid=1