martes, 9 de diciembre de 2014

Cartografía desde la Anti-Muñeca

¿En qué piensas cuando piensas en cicatrices?[1]

Me siento a escribir, a arrancarme las palabras en un ejercicio de esforzada autorreferencialidad, a mostrarme y a tornarme un poco más accesible, a compartir la ficción de los límites en los que se hace extensible mi cuerpo. Escribo y dinamito las fronteras del fondo y la forma de lo privado, leo mi cuerpo que deambula marcado como presencia en el espacio, y pienso, desde ahí en lo inaprehensible (Le Breton: 2002).


Las anti-muñecas quieren ser “la materialización de la búsqueda de representaciones y auto-representaciones diferentes de lo que se ha aprendido de cómo deben ser lxs cuerpxs y el comportamiento de las mujeres: color de piel claro, delgada, simétrica y voluptuosa; bien portada y sumisa. Las anti-muñecas están hechas de trapos y en formatos únicos para mostrar que las mujeres no son un modelo unitario, sino al contrario, que en la diferencia y su reconocimiento radica la riqueza”[2]. Y presento mi anti-muñeca como un recorrido por mi propio cuerpo, a través del que me sitúo y me hago visible, a través del que me produzco. Con la anti-muñeca que revisita mi cuerpo me propongo mapear los sentidos, las emociones, los lugares, las relaciones… diferenciando el tatuaje como marca corporal con un significante y significado indisociables, situados e interrogados en un presente continuo.

El tatuaje en mí traspasa las nociones normativas estéticas como cuerpo que se construye en disputa en la modernidad. Los tatuajes narran en mi cuerpo esas mis grandes historias, reparan gratos y duros momentos, expresan placer, esconden dolor, se inscriben como pactos de afectos y emociones, me enraízan y vinculan a los lugares. Son formas de construcción propias, de reflexión y escritura en el cuerpo encarnado (Citro: 2010) y cuentan parte de la memoria que me quiero esforzar por recordar; por haber estado y seguir estando siendo.

La ocupación de múltiples geografías (Mc Dowell: 1999) se cartografía en mi cuerpo de antimuñeca como trayectos que emergen atravesados por la clase y la ruralidad, y en el recorrido de lugares que evocan al seguir estando siendo desde las experiencias de frontera, de viaje, de tránsito, de idas y vueltas, de rayarse con lo contextual, con la esperanza en los procesos de muda, de mutilación y de lesión, que no son unívocos, que cambian en y con los tiempos, para sentirse sola y con una misma, y en continua relación con quienes se articula un (hiper)vínculo de afectos y disoluciones, de construcción de deseo.

Pensar que el cuerpo tiene sus razones y romper entre la dicotomía que me separa de mi cuerpo (Citro:2012) reorienta la ubicación de posesión entre el ser MI cuerpo y estar en MI cuerpo. Y en los procesos de catarsis emocional y física, las distancias entre estas dimensiones se acortan y se conjugan funcionalmente para entender como orgánicamente me voy viviendo.


Y el cuerpo marcado y automarcado desde la mirada externa, la masa corpórea en exceso y ausencia. La resonancia de la legitimidad entre las modificaciones corporales permitidas y las no permitidas nombra a los cuerpos abyectos. El régimen de corporalidad que me impone unos senos es el mismo con el que a veces me tapo mis peludas piernas, y el mismo que me hace titubear entre trastornos y ansiedades que se nutren de las lógicas del sistema tecnoindustrial alimentario.

Mi cuerpo también inscribe un proceso de politización consciente, y dispongo mi cuerpo como discurso habitado (Butler: 2002) desde lo cotidiano, que escapa a unas normatividades, pero, que, como paradoja que subyace, se inscribe en otras. Los procesos de identificación personal como individuas únicas y especiales se convierten también en trampas del proyecto de modernidad del libre soberano. Sin embargo, la apuesta de atravesar el cuerpo con discursos y marcas son también actos políticos de transgresión estética y   hacia el régimen cis y heterosexual impuesto.


              

Socializada como niña machorra, que no gustaba del juego feminizado como desafío a lo que se cuenta como civilizado y no enfermo, ahora me encuentro jugando con muñecas, y eso ya no me destruye ni me contraría. Porque el juego con el cuerpo se moldea ubicando placeres, fortalezas y doleres, y, todas juntas, se me amarran a la espalda, construyendo las vías de un camino indefinido, no evidente, de tránsito.

               



Textos de referencia:

-        Butler, Judith (2002). Introducción. Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”. Buenos Aires: Paidós.
-        Citro, Silvia (2010). La antropología del cuerpo y los cuerpos en-el-mundo. Indicios para una genealogía (in)disciplinar. En Silvia Citro (Coord.), Cuerpos plurales. Antropología de y desde los cuerpos, (pp. 17-58).  Buenos Aires: Editorial Biblos.
-        Le Breton, D. (2002). Lo inaprensible del cuerpo. En D. Le Breton, Antropología del cuerpo y modernidad (págs. 13-27). Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión.
-        McDowell, L. (1999). Género, identidad y lugar: Un estudio de las geografías feministas. Ediciones Cátedra.








[1] Beyond Amesty
[2]Sección de “Clasificados”, en la Hoguera, publicación feminista antipatriarcal, No. 0, 2012, http://lahoguera.confabulando.org/wp-content/uploads/2012/05/revista-la-hoguera.pdf

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