En las orillas del
Santa Fe, confinada entre las muchas paredes que delimitan mi amplio y blanco
“sistema casero y computarizado” (McDowell, 1999) de trabajo flexible, me dedico a
la más noble labor de este país: hablar por
las víctimas del conflicto armado y revelar al mundo que necesitan para que sus
vidas sean mejores, según el punto de vista de las organizaciones de izquierda
con ISO 9001. A unos pasos, están viviendo una gran cantidad de víctimas, pero
hay algo más importante en la vida de ellas que los efectos del conflicto
armado: son putas. Por ende, nadie se acuerda que muchas de ellas fueron
dulces, cándidas y santas almas “desplazadas”, como reza el buen estereotipo.
De pronto, cuando la Secretaría de Integración Social abre un jardín nocturno
en el Santa Fe[1],
puede ser interesante recordar a la ciudadanía que las putas, además de putas,
son madres y son “desplazadas”. Así se justifica la inversión del dinero de los
impuestos del buen colombiano.
Tengo como vecinxs,
mujeres cis y trans que se dedican al trabajo sexual y también la gente de la
panadería, la de los Víveres San Miguel, del café-internet, del Restaurante
“Chirrigomelo”, los vecinos de al frente que comparten con nosotros el
exhibicionismo de no tener cortinas, los vecinos de abajo que hacen hermosos
zapatos, el vecino de la tienda de pinturas que nos ayudó con la instalación de
los ganchos para la hamaca etc. Pero parece que el resto de la ciudad ignora
toda la diversidad de relaciones que se dan en este territorio, que acá se come
y se enferma, es decir, se consumen otros signos-mercancía (Sarto, 2012)
además del sexo.
No quiero con eso
invisibilizar las dinámicas que se crean alrededor de la prostitución. Las he
sentido en mi cuerpo. Más que en cualquier otra parte de Bogotá, este cuerpo
poco acostumbrado con la sensación de tener sobre él muchas camadas de ropa ha
tenido que vigilarse para no ser confundido con el de una puta. Nada de atravesar
la calle con un eventual shorts
porque en un segundo estaría ocupando el lugar social de la puta, lo que
implica ser albo de miradas y palabras invasivas y violadoras. Es lo que veo
cuando por acá pasa una mujer - cis o trans - en una ropa que la “cachaquice”
considera inadecuada. Mientras se dice que ninguna mujer nace para puta, en las
calles del Santa Fe, todos los cuerpos inscritos en la perfomatividad del
género femenino somos potenciales putas.
Acercándome al “peligro”
Hace dos meses, me acerqué dos
cuadras hacia el centro, y las visitas empezaron a escasearse: pasé a
vivir en el Santa Fe. Antes la cosa ya no estaba muy bien, porque ya estaba
viviendo en Los Mártires. Y vivir en Los Mártires, no importa el barrio, está
mal ya sabes por qué. Si no sabes, le cuento: porque esta es la localidad del
Santa Fe. Resulta que traicionando todas las expectativas que me empurraban
para Teusaquillo, me mudé para el Santa Fe, administrativamente hablando.
Inicialmente los recogidos por el barrio – para coger el Transmilenio, para
comprar una que otra cosa - fueron marcados por el miedo instalado por todas
las prevenciones de otras personas. Pero hacer una y otra vez los caminos y no
morir en ninguna de estas veces me fue generando familiaridad.
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| La vista que se tiene desde la sala también seduce a lxs detractorxs del Santa Fe. |
Las transformaciones en mi afectividad con el territorio me volvieron una
ardua defensora del Santa Fe a cada “mala jeta” que reprocha mi decisión de
venir a vivir acá. Confieso que a veces me da pereza de ponerme en la tarea de
la deconstrucción de estereotipos, lo que requiere un doble esfuerzo ya que
hay personas a que les cuesta creer en las lecturas que hago sobre este país, como
si la brasilidad con que me carimbaron aquí me impidiera de entender lo que
está pasando. Por eso a veces solamente argumento: “ya es en la frontera con Samper
Mendoza”.
Efectivamente, sé
muy poco de “fuentes primarias” sobre las dinámicas alrededor del trabajo
sexual en mi barrio. Probablemente muchxs de mi vecinxs tampoco lo saben porque
a lo mejor tienen el semáforo en la cuadra siguiente como la frontera. Pero por
muchos motivos, tengo el interés de entender ese “fenómeno” que es la tarjeta
postal del barrio para el resto de la ciudad. Así que con mucha “curiosidad
antropológica” comparecí al evento “Yo no soy una puta, yo soy la puta y para
usted: Señora Puta”, realizado por el Colectivo Caldo de Cultivo en alianza con
la Red Comunitaria Trans en noviembre de este año.
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| Foto: Guillermo Camacho |
Confieso que la
descripción del proyecto me causó extrañeza. Así lo explican: “busca crear
experiencias compartidas para la producción de auto-representaciones que apelen
al respeto y dignidad de las mujeres y mujeres trans en ejercicio de la
prostitución en el barrio Santa Fe de Bogotá, la llamada "zona de
tolerancia"” (Caldo de Cultivo, 2014) . La
distinción entre “mujeres” y “mujeres trans” me llamó la atención por lo que
Butler nombra el privilegio heterosexual que opera de muchas maneras, incluso naturalizándose
y afirmándose como lo original y la norma (Butler, 2002) . Así cuando
califican como “trans” algunas mujeres, mientras otras no reciben ninguna
explicación adicional sobre su performatividad de género, pareciera que las que
son llamadas “trans” son mujeres “de mentiritas”, mientras las otras sí están
desempeñando su “sexo verdadero” (Bento, 2010) .
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| Próxima Estación: Calle 22. Foto: Caldo de Cultivo. |
Aunque contrariada
con la forma de nombrar y distinguir a las mujeres, aprendí mucho más de lo que
podría imaginar en un primer momento de inconformidad conceptual. El letrero en
rojo con la frase que daba nombre al evento hacia voltear el cuello de lxs
pasajerxs de Transmilenio.
Aproximadamente cincuenta jóvenes, buena parte de ellxs
provenientes de “Generolandia”, poblaban esta esquina que en otros contextos
sería atravesada con máximo afán. Presentaciones de cantantes de hip hop se
alternaban con presentaciones de las propias anfitrionas con fonomímica y danza
del vientre, que también conducían el evento transmitiendo una pauta política
centrada en la reivindicación de que se les reconociera como seres humanos, se
respetara y se garantizara su libertad de ser o dejar de ser trabajadoras
sexuales y habitar en el Santa Fe. También recordaron a una de las muchas mujeres
trans que fueron asesinadas en el Barrio. Las declaraciones de amor por Santa Fe se
mezclaron con las historias de violencia dando más un ejemplo de lo paradójico
que es este mundo.
Sus intervenciones
confirmaron lo que el equipo investigador de “¡A mí me sacaron volada de allá!”
concluyó sobre la Zona de Tolerancia: este territorio se configura como un gueto, según el concepto desarrollado
por el sociólogo Loïc Wacquant. Según él, el gueto es un mecanismo de control
social y encierro que se materializa por medio de cuatro factores: el
estigma, la restricción, el confinamiento espacial y el encasillamento.
Según las autoras
que entrevistaron a siete de las mujeres trans víctimas del conflicto armado
que habitan el barrio, la restricción espacial sirve tanto para maximizar los
beneficios otorgados por la explotación del trabajo sexual como crear “barreras
territoriales simbólicas que mantienen a las prostitutas lejos del resto de la
ciudadanía” (Prada, Galvis, Ruiz, & Gómez, 2012) .
Sin embargo, las
voces que dicen amar a Santa Fe revelan que esta exclusión territorial también
es capaz de generar una profunda identificación con el gueto y las lógicas que aquí se establecen, forjando una sensación
de seguridad y vida colectiva inimaginables en otros lugares de la ciudad –
basta con que se atrevan a coger Transmilenio para que las miradas de lxs demás
pasajerxs denuncien que traspasaron la frontera del territorio en que se les
tolera.
De hecho, en la
conversación con uno de los organizadores del evento, supe que el decreto que
oficializó la zona de tolerancia fue precedido de unos diálogos, así como
cuando se busca desarmar un grupo en este país. Y el “Acuerdo de Paz” a
que llegaron fue la demarcación de la zona de tolerancia entre las calles 19 y
24 y entre Caracas y Carrera 17.
Al final del evento
ya estaba emocionada y sintiendo pulsar el apego al territorio y un orgullo de
vivir acá - como si fuera necesario mucho coraje para hacerlo, como si todxs
estuviéramos expuestxs a los mismos riesgos que las chicas trans relataron. En
medio de este casi trance geográfico, uno de los organizadores del evento, que
nunca ha vivido en Santa Fe, pero tiene una historia mucho más larga e intensa
que yo con este barrio, me pregunta exactamente donde vivimos. Le cuento y él
interrumpe mi éxtasis telúrico: “Ah, pero esto ya es Samper”. He ahí un aspecto
interesante de habitar las fronteras: para los de adentro, soy de afuera; para
los de afuera, soy de adentro.
Trabajos citados
McDowell, L. (1999). Dentro y fuera de lugar: cuerpo y corporeidad. En L.
McDowell, Género, Identidad y Lugar: un estudio de las geografías feministas
(págs. 58-104). Madrid: Ediciones Cátedra.
Sarto, A. d. (2012). Los afectos en los
estudios culturales latinoamericanos. Cuerpos y subjetividades en Ciudad
Juárez. Cuaderno de Estudios Literarios , 41-68.
Caldo de Cultivo. (2014). Proyectos.
Recuperado el 7 de Diciembre de 2014, de Caldo de Cultivo: caldodecultivo.com
Butler, J. (2002). El género en llamas:
cuestiones de apropiación y subversión. En J. Butler, Cuerpos que importan:
sobre los límites materiales y discursivos del "sexo" (págs.
179-203). Buenos Aires: Paidós.
Bento, B. (2010). La produción del
cuerpo dimórfico: Transexualidad e Historia. Anuario de Hojas de Warmi .
Prada, N., Galvis, S. H., Ruiz, L. T.,
& Gómez, A. M. (2012). ¡A mí me sacaron volada de allá!: Relatos de vida
de mujeres trans desplazadas hacia Bogotá. Bogotá: Secretaría General de la
Alcaldía Mayor de Bogotá D.C.
[1]
Ejemplo basado en hechos reales:
http://www.integracionsocial.gov.co/index.php?option=com_content&view=article&id=443%3Adulce-sueno-en-el-santa-fe&catid=8%3Aultimas-noticias&Itemid=1



Dillyane, me gusta mucho tu escrito y la figura que utilizas para describir el estatus fronterizo de tu experiencia, cuerpo y espacio: "para los de adentro, soy de afuera; para los de afuera, soy de adentro".
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