lunes, 8 de diciembre de 2014

“Discursos silenciosos e invisibles en mi cuerpo”



“Discursos silenciosos e invisibles en mi cuerpo"
Por. FRANCY JAZMÍN SIERRA


Me siento aprisionada en un cuerpo que aunque es el mío

no funciona como me gustaría…aprisionada en una sociedad dividida por aquellos

que siguen en una ceguera mental conservadora y prejuiciosa

que construye estereotipos que aprietan tanto como un par de cadenas y grilletes.

 

Aydee Ramírez  En: ¿Discapacitadas nosotras? Experiencias de exclusión y discriminación en los cuerpos:

 

Si bien es cierto  que mis expectativas al iniciar el curso se remontaban a la vivencia y resignificación de mi cuerpo a partir de diversas vivencias prácticas, debo decir que efectivamente se lograron cubrir y más aún sobrepasar en la medida en que la ruta y la dimensión en que se logró este propósito fue una total confrontación y movilización de esquemas muy arraigados que sin hacer plena conciencia de ellos se habían naturalizado en mí y peor aún incidían en la manera en que cada segundo de mi vida y de todas la maneras posibles, me relacionaba con todo cuanto me rodeaba incluso con mis propias emociones y deseos, con el espacio que habitado y con las marcas que dejaba en el pavimento de las rutas que cruzaba con otras realidades.

 

Debo empezar por reconocer que el mayor logro de esta experiencia no fue la exposición de mi desnudez para otros, sino por el contrario la desnudez para mí misma, durante 34 años sentir mi cuerpo mío y encontrar que hasta la percepción que tenía de él no era propia sino un resultado de los juicios de valor que se habían construido a partir de la apropiación de estereotipos de belleza, era encontrarme frente a frente con una escultura de hierro forjada por el fuego más candente de la discriminación y la expropiación de mi cuerpo y con él de mi ser: el biopoder manifestado en la apariencia. Más como un efecto de la acción social que como una experiencia activa de mí misma como persona, a través de la apariencia y las tecnologías de disciplinamiento  formé en mí una  noción de quién era y del comportamiento que debía poseer,  (Pedraza, Zandra). Y como lo plantea Judith Butler mi cuerpo se constituyó en una realidad material producida, diferenciada y circunscrita a partir de estas y otras  prácticas reguladoras y normativas.

 

De esta forma, mi ser se había encarcelado en un maniquí rígido que correspondía a esa idea tradicional de un cuerpo como un vehículo del alma, logrando fragmentar mi ser en dos grandes porciones de mí y llevándome a recordar una frase de Maquiavelo “divide y vencerás”. Y es que eso es lo que ocurría, me habían vencido en esa división no solo del cuerpo y del alma, sino en el establecimiento de unos límites radicales entre cuerpo y el alma, el bien y el mal, la perdición y la trascendencia la mujer y el hombre, la razón y la emoción… A pedacitos recorrí muchos senderos hasta hallarme frente a frente con mi piel, quien a través de una cámara se reveló para mi y reveló un camino para hallar el sentido de la indivisibilidad, a ella la encontré cálida, palpitante, sensible, poseedora de millares de conductos y enlaces que establecían una conexión directa con el fluir de mi sangre, el palpitar de mi corazón, la movilidad de mis músculos, las reacciones de mi cerebro, la funcionalidad de mis sentidos y la vida en cada célula y organelo de mi ser; era descubrir en ella las huellas de la historia, los aromas del pasado materializados en imágenes, los sonidos que trascienden la teoría de las ondas y que se revisten de un sentido en la carne de las emociones. Una película ante mis ojos que se devela una y otra vez la secuencia que hila el relato de una historia. Mi historia? La historia detrás de cámaras la que nunca antes había sido develada, una historia de voces silenciosas con un discurso firme y contundente

 

El encuentro con las lágrimas fue en este proceso otra forma de develación, ellas algunas veces pequeñas pero contundentes fueron en mi cuerpo pruebas de supervivencia de mi ser interior, como la botella con el mensaje del náufrago me llevaron a descubrir no tanto el dolor de una ruptura sentimental sino la evidencia de lo lejos que me hallaba de mi objetivo central, yo misma. Fue en ellas que se manifestaron ante mis ojos las vendas que me ataban y que me habían sido atribuidas a partir del momento en que fui denominada por otros como mujer, siendo inmovilizada de pies a cabeza por las vendas de los prejuicios y el disciplina miento.

 

Cuantas veces quise correr y huir de los incomodos vestidos de ponqué que marcaban la inocencia de la niña que por su piel blanca y sus ojos claros era la mejor representación casi humana de la muñeca, la muñeca con quienes todos juegan, y dejan de lado cuando sus intereses cambian, limitada en mi movilidad para correr detrás de un balón y subirme a lo más alto de un árbol para celebrar un gol, limitada a transitar por las noches oscuras de la ciudad por la inseguridad que me produjo las múltiples veces que con mi uniforme de colegiala tuve que exponerme a los manoseos de esos otros que habitan esta violenta ciudad. Limitada a recorrer y explorar de manera libre y sin temor a la culpa los espacios anhelados del erotismo.

 

Las vendas que revistieron mis piernas cruzadas como una “señorita”, y que me mantuvieron en una posición decorosa pero incomoda y de negación, reteniendo en mi pelviz y en mi vagina, la presión de una culpa y un temor a la pérdida de la gracias de Dios. Un cuerpo educado para castrar el fluir del deseo y educarse en una lógica de la contención, de la normalidad regulada por la búsqueda de la salud y el temor a la enfermedad, la determinación de unas posturas “correctas” que por las tensiones que encarnan supondría se encuentran lejos de favorecer el bienestar de las personas y más cerca de cumplir con un parámetro de blanqueamiento que se ha construido no en los territorios de occidente sino a nombre del capital no solo de  este territorio sino de aquellos que en sus diversas formas de privilegio ostentan el poder, una figura idealizada estratégica para el mantener el control del sistema patriarcal y capitalista y para adormecer cualquier brote de pensamiento emancipatorio.

 

Son las vendas de mi pelviz cruzadas a modo de prohibición, encarnadas en mi piel y disfrazadas en mi ropa interior que se resiste a desprenderse ante la mirada de otro, allí reposan los temores, los juzgamientos, un pedazo desmembrado de mí, con la tela se arranca mi pudor y con él mi cuerpo se reduce no para los otros si para mí en una vulva apenada por ser deseada, temerosa a ser descifrada y con deseos amputados de transgresión.

 

Mi vientre por su parte bajo las vendas ha transitado por un evento producto de la maternidad, transformando mi cuerpo en un escenario de la anormalidad y cuya ruptura de tejidos asocia mi desnudez a una manifestación de enfermedad que algunos repudian; no obstante, quiero encontrar bajo esas vendas una rutas trazadas hacia la  experiencia a cual hace al cuerpo un punto de partida para la acción política, un lugar de transformación de las relaciones existentes entre las personas y el entorno (Ramírez, Aydée; Moreno, Natalia 2013)

 

Mis senos de la misma manera, ocultan tras la prohibición de las vendas ese territorio en el que convergen fuentes de erotismo y placer, esconden a la mujer que además de vivir en el goce de su piel, ha descubierto en la maternidad nuevas formas de experimentar orgasmos en la vida. Las vendas solo expresan las marcas de la renuncia, una renuncia que se exige desde afuera y no desde adentro y que muchas veces te llevan a un punto en que renuncias hasta a ti misma

 

Las vendas silencian tus ojos, tu boca, tus oídos, tus pensamientos, tus poros, tus células, los átomos de tu materia, se resisten a la inquietud de tu mente y tu sentir que se halla a punto de rebosar y es allí cuando como nos lo plantea  Aydee Ramírez y Natalia Moreno (2013) donde debe surgir la provocación como “una praxis transformativa de las relaciones de poder, formas de develar lógicas excluyentes y discriminantes”, se han de cortar las vendas que cómo cadenas y grilletes nos atan, nos hacen ver nuestros cuerpos “ anormales”  como improductivos e inútiles en el sistema de producción hegemónico, nos  niegan la belleza el deseo y cualquier forma de erotismo.

 

La transgresión nos debe llevar a comprender nuestra desnudez ya no  como una realidad objetiva dada, y aunque esta realidad como todas no pueda ser capturada como es, si debe ser consciente  de que el cuerpo hace parte de un contexto que implica una historia social y corporal. Ha sido este ejercicio una Praxis que como tal me ha brindado la posibilidad consciente de transformación creativa  y emancipadora en el único lugar posible que es mi cuerpo, lo cual sólo me genera un reto  explorar nuevas fugas hacia el encuentro con mi verdadera piel

 

Gracias

 

Basado En

 

PEDRAZA GÓMEZ, Zandra. 2007) Políticas y estéticas del cuerpo: la modernidad en América Latina Uniandes, Bogotá, pp7-­39.

RAMÍREZ, Aydée; MORENO, Natalia et al (2013) ¿Discapacitadas nosotras? Experiencias de  exclusión y discriminación en  los cuerpos: Anormalidad, transgresión, fuga. Nómadas (Col), núm. 38, abril, 2013, pp. 151-­165 Universidad Central Bogotá.

LE BRETON, D. (2002). Lo inaprensible del cuerpo. En D. Le Breton, Antropología del cuerpo y modernidad (págs. 13-27). Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión

BELLO, J., Arango, L. G., & RAMÍREZ, S. A. (2013). Género, belleza y apariencia: la clientela de peluquerías en Bogotá. Revista Nómadas.

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