“Discursos silenciosos e invisibles en mi cuerpo"
Por. FRANCY JAZMÍN SIERRA
Me siento aprisionada en un cuerpo que aunque es el mío
no funciona como me gustaría…aprisionada en una sociedad dividida por
aquellos
que siguen en una ceguera mental conservadora y prejuiciosa
que construye estereotipos que aprietan tanto como un par de cadenas y
grilletes.
Aydee Ramírez En: ¿Discapacitadas
nosotras? Experiencias de exclusión y discriminación en los cuerpos:
Si
bien es cierto que mis expectativas al
iniciar el curso se remontaban a la vivencia y resignificación de mi cuerpo a
partir de diversas vivencias prácticas, debo decir que efectivamente se
lograron cubrir y más aún sobrepasar en la medida en que la ruta y la dimensión
en que se logró este propósito fue una total confrontación y movilización de
esquemas muy arraigados que sin hacer plena conciencia de ellos se habían
naturalizado en mí y peor aún incidían en la manera en que cada segundo de mi
vida y de todas la maneras posibles, me relacionaba con todo cuanto me rodeaba
incluso con mis propias emociones y deseos, con el espacio que habitado y con
las marcas que dejaba en el pavimento de las rutas que cruzaba con otras
realidades.
Debo
empezar por reconocer que el mayor logro de esta experiencia no fue la
exposición de mi desnudez para otros, sino por el contrario la desnudez para mí
misma, durante 34 años sentir mi cuerpo mío y encontrar que hasta la percepción
que tenía de él no era propia sino un resultado de los juicios de valor que se
habían construido a partir de la apropiación de estereotipos de belleza, era
encontrarme frente a frente con una escultura de hierro forjada por el fuego
más candente de la discriminación y la expropiación de mi cuerpo y con él de mi
ser: el biopoder manifestado en la apariencia. Más como un efecto de la acción
social que como una experiencia activa de mí misma como persona, a través de la
apariencia y las tecnologías de disciplinamiento formé en mí una noción de quién era y del comportamiento que
debía poseer, (Pedraza, Zandra). Y como
lo plantea Judith Butler mi cuerpo se constituyó en una realidad material
producida, diferenciada y circunscrita a partir de estas y otras prácticas reguladoras y normativas.
De
esta forma, mi ser se había encarcelado en un maniquí rígido que correspondía a
esa idea tradicional de un cuerpo como un vehículo del alma, logrando
fragmentar mi ser en dos grandes porciones de mí y llevándome a recordar una
frase de Maquiavelo “divide y vencerás”. Y es que eso es lo que ocurría, me
habían vencido en esa división no solo del cuerpo y del alma, sino en el
establecimiento de unos límites radicales entre cuerpo y el alma, el bien y el
mal, la perdición y la trascendencia la mujer y el hombre, la razón y la
emoción… A pedacitos recorrí muchos senderos hasta hallarme frente a frente con
mi piel, quien a través de una cámara se reveló para mi y reveló un camino para
hallar el sentido de la indivisibilidad, a ella la encontré cálida, palpitante,
sensible, poseedora de millares de conductos y enlaces que establecían una
conexión directa con el fluir de mi sangre, el palpitar de mi corazón, la
movilidad de mis músculos, las reacciones de mi cerebro, la funcionalidad de
mis sentidos y la vida en cada célula y organelo de mi ser; era descubrir en
ella las huellas de la historia, los aromas del pasado materializados en
imágenes, los sonidos que trascienden la teoría de las ondas y que se revisten
de un sentido en la carne de las emociones. Una película ante mis ojos que se
devela una y otra vez la secuencia que hila el relato de una historia. Mi
historia? La historia detrás de cámaras la que nunca antes había sido develada,
una historia de voces silenciosas con un discurso firme y contundente
El
encuentro con las lágrimas fue en este proceso otra forma de develación, ellas algunas
veces pequeñas pero contundentes fueron en mi cuerpo pruebas de supervivencia
de mi ser interior, como la botella con el mensaje del náufrago me llevaron a
descubrir no tanto el dolor de una ruptura sentimental sino la evidencia de lo
lejos que me hallaba de mi objetivo central, yo misma. Fue en ellas que se
manifestaron ante mis ojos las vendas que me ataban y que me habían sido
atribuidas a partir del momento en que fui denominada por otros como mujer,
siendo inmovilizada de pies a cabeza por las vendas de los prejuicios y el
disciplina miento.
Cuantas
veces quise correr y huir de los incomodos vestidos de ponqué que marcaban la
inocencia de la niña que por su piel blanca y sus ojos claros era la mejor
representación casi humana de la muñeca, la muñeca con quienes todos juegan, y
dejan de lado cuando sus intereses cambian, limitada en mi movilidad para
correr detrás de un balón y subirme a lo más alto de un árbol para celebrar un
gol, limitada a transitar por las noches oscuras de la ciudad por la
inseguridad que me produjo las múltiples veces que con mi uniforme de colegiala
tuve que exponerme a los manoseos de esos otros que habitan esta violenta
ciudad. Limitada a recorrer y explorar de manera libre y sin temor a la culpa
los espacios anhelados del erotismo.
Las
vendas que revistieron mis piernas cruzadas como una “señorita”, y que me
mantuvieron en una posición decorosa pero incomoda y de negación, reteniendo en
mi pelviz y en mi vagina, la presión de una culpa y un temor a la pérdida de la
gracias de Dios. Un cuerpo educado para castrar el fluir del deseo y educarse
en una lógica de la contención, de la normalidad regulada por la búsqueda de la
salud y el temor a la enfermedad, la determinación de unas posturas “correctas”
que por las tensiones que encarnan supondría se encuentran lejos de favorecer
el bienestar de las personas y más cerca de cumplir con un parámetro de
blanqueamiento que se ha construido no en los territorios de occidente sino a
nombre del capital no solo de este
territorio sino de aquellos que en sus diversas formas de privilegio ostentan
el poder, una figura idealizada estratégica para el mantener el control del
sistema patriarcal y capitalista y para adormecer cualquier brote de
pensamiento emancipatorio.
Son
las vendas de mi pelviz cruzadas a modo de prohibición, encarnadas en mi piel y
disfrazadas en mi ropa interior que se resiste a desprenderse ante la mirada de
otro, allí reposan los temores, los juzgamientos, un pedazo desmembrado de mí,
con la tela se arranca mi pudor y con él mi cuerpo se reduce no para los otros
si para mí en una vulva apenada por ser deseada, temerosa a ser descifrada y
con deseos amputados de transgresión.
Mi
vientre por su parte bajo las vendas ha transitado por un evento producto de la
maternidad, transformando mi cuerpo en un escenario de la anormalidad y cuya
ruptura de tejidos asocia mi desnudez a una manifestación de enfermedad que
algunos repudian; no obstante, quiero encontrar bajo esas vendas una rutas
trazadas hacia la experiencia a cual hace
al cuerpo un punto de partida para la acción política, un lugar de transformación
de las relaciones existentes entre las personas y el entorno (Ramírez, Aydée;
Moreno, Natalia 2013)
Mis
senos de la misma manera, ocultan tras la prohibición de las vendas ese
territorio en el que convergen fuentes de erotismo y placer, esconden a la
mujer que además de vivir en el goce de su piel, ha descubierto en la
maternidad nuevas formas de experimentar orgasmos en la vida. Las vendas solo
expresan las marcas de la renuncia, una renuncia que se exige desde afuera y no
desde adentro y que muchas veces te llevan a un punto en que renuncias hasta a
ti misma
Las
vendas silencian tus ojos, tu boca, tus oídos, tus pensamientos, tus poros, tus
células, los átomos de tu materia, se resisten a la inquietud de tu mente y tu
sentir que se halla a punto de rebosar y es allí cuando como nos lo
plantea Aydee Ramírez y Natalia Moreno
(2013) donde debe surgir la provocación como “una praxis transformativa de las
relaciones de poder, formas de develar lógicas excluyentes y discriminantes”,
se han de cortar las vendas que cómo cadenas y grilletes nos atan, nos hacen
ver nuestros cuerpos “ anormales” como
improductivos e inútiles en el sistema de producción hegemónico, nos niegan la belleza el deseo y cualquier forma
de erotismo.
La
transgresión nos debe llevar a comprender nuestra desnudez ya no como una realidad objetiva dada, y aunque
esta realidad como todas no pueda ser capturada como es, si debe ser
consciente de que el cuerpo hace parte
de un contexto que implica una historia social y corporal. Ha sido este
ejercicio una Praxis que como tal me ha brindado la posibilidad consciente de
transformación creativa y emancipadora en
el único lugar posible que es mi cuerpo, lo cual sólo me genera un reto explorar nuevas fugas hacia el encuentro con
mi verdadera piel
Gracias
Basado En
PEDRAZA
GÓMEZ, Zandra. 2007) Políticas y estéticas del cuerpo: la modernidad en América
Latina Uniandes, Bogotá, pp7-‐39.
RAMÍREZ, Aydée; MORENO, Natalia et al (2013)
¿Discapacitadas nosotras? Experiencias de
exclusión y discriminación en los
cuerpos: Anormalidad, transgresión, fuga. Nómadas (Col), núm. 38, abril, 2013,
pp. 151-‐165 Universidad Central Bogotá.
LE BRETON, D. (2002). Lo inaprensible del
cuerpo. En D. Le Breton, Antropología del cuerpo y modernidad (págs. 13-27).
Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión
BELLO, J., Arango, L. G., & RAMÍREZ, S.
A. (2013). Género, belleza y apariencia: la clientela de peluquerías en Bogotá.
Revista Nómadas.
Otros…
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