La Burra Macarena...
A lo largo de nuestras vidas es
frecuente escuchar comentarios y hasta exigencias que marcan nuestros cuerpos,
nuestras individualidades, que nos marcan como sujetas y en últimas nos
convierten en productos sociales. Mi vida ha sido marcada por las representaciones
sociales de belleza. Es común escuchar las insatisfacciones de muchas “mujeres”
por no poseer un rostro o un cuerpo que “respodan” al estereotipo social de
belleza, más en mi caso (y esto no es una declaración egocéntrica) he crecido
con un aspecto físico que para los demás corresponde a un cánon de lo que puede
ser considerado “bello” en una “mujer”; una contextura delgada, senos no tan
pequeños y tampoco tan grandes, una cintura pequeña y hasta rasgos faciales que
reconociendo mi descendencia indígena parecen estar “suavizados” por la
occidentalidad.
Esos aspectos físicos que los demás
reconocen en mi cuerpo, lo han marcado como un cuerpo “femenino”, como una
“mujer” “bella”, más no sólo me han marcado, sino que también me han ubicado
geopolíticamente en una posición infantilizada, esto porque pareciera que
socialmente importara más mi físico que mi posición intelectual y política;
muchas veces me he sentido como un maniquí para los demás y sobre todo para los
“hombres”, un objeto que puede ser mostrado, admirado, pero no escuchado. Mi
voz en muchas ocasiones ha sido minimizada e invisibilizada por un aspecto
físico de un cuerpo con el que muchas veces no me identifico. En últimas
reconozco que mi cuerpo, mi “feminidad” es la reiteración de normas que
mantiene estable el sistema binario de las lógicas corporales de lo
“femenino/masculino”. (Butler, 2002. pp. 29)
En lo personal, he asumido el cuerpo,
mi cuerpo, como un límite, un espacio fronterizo que me limita a hacer y decir
ciertas cosas en ciertos lugares y espacios. Aludiendo a Le Breton reconozco el
cuerpo como un espacio de censura, al no permitir que nuestras individualidades
vayan más allá del reconocimiento del cuerpo ficticio que los demás reconocen
como propio. (Le Breton, 2002. pp. 8) Es el reconocimiento ficticio de la
individualidad a partir de lo impuesto por los demás.
Desde hace casi dos años, tengo la
imagen de la burrita sadomasoquista, fue un hallazgo de una gran amiga, quien
me reconoció en esa imagen, más ella lo tomaba más como una broma, un chiste
entre nosotras. Sin embargo, con el paso del tiempo comencé a encariñarme mucho
con esta imagen, sobre todo por el hecho de ser la representación de una Burra,
animal que ha sido minimizado y menospreciado en comparación al caballo o las
yeguas, animal que ha sido asumido como un gran trabajador, pero en realidad lo
que hacen las burras es asumir las cargas de los demás, asumirlas como propias
para poder cargar con ellas. Cosa que he hecho y que hago desde hace años,
siempre me he considerado una persona que trabaja por aquello que le llena, que
le nace, más en muchas ocasiones asumo responsabilidades de personas cercanas
como propias.
Aludo a McDowell para poder
identificarme con esta burrita sadomasoquista pues, como ella lo explica, el
cuerpo puede ser visto como una entidad plástica y maleable, que puede adoptar
numerosas formas en distintos momentos y de esta forma puede ocupar distintas
geografías. (McDowell, 1999. pp. 66) Al asumir mi cuerpo y mi identidad con
esta burrita sadomasoquista ocupo otro espacio geopolítico al que ocupa el
cuerpo que reconocen como de “Maria Camila” en la normalidad; asumo un espacio
de reivindicación política de diversas formas de placer sexual como es la
exploración sadomasoquista y los juegos de relaciones de poder que en ella se
pueden generar. Reconociendo que la exploración sexual es sólo una
pequeña muestra de la infinita diversidad social que existe en este mundo,
intentar clasificar nuestras individualidades y nuestros cuerpos en unos
nombres estereotipados y con cargas homogeneizantes es intentar cooptar la
propia esencia humana, es como intentar clasificar cada uno de los gustos en la
sexualidad que pueden ser hasta infinitos e imposibles de cuantificar.
Reivindicación política del placer en
la exploración sexual la cual asumo desde un cuerpo de una burra en “femenino”,
por las representaciones simbólicas que se han construido sobre los cuerpos
socialmente definidos como “femeninos” al ser cuerpos carentes de capacidad
para gozar de la sexualidad abiertamente;
“Así pues, la regulación de la
sexualidad no procede sólo del control estatal, sino de lo que él denomina la
autovigilancia de la conducta personal. Según la memorable observación de
Ángela Carter, hasta en el dormitorio, donde creemos practicar la más privada y
la más <natural> de las actividades humanas, llevamos incorporado <el
bagaje de nuestra sociedad>, que influye en quién hace qué, y dónde y cómo
lo hace.” (McDowell,
1999.pp. 81)
Realizado por: Maria Camila Romero Manrique
Bibliografía:
Le Breton, D. (2002). Lo inaprensible del cuerpo. En: D. Le Breton,
Antropología del cuerpo y modernidad. Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión. Pp.
13-27.
McDowell, L. (1999). Género, identidad y lugar: Un estudio de las
geografías feministas. Ediciones Cátedra. Capítulo 2.
Butler, J. (2002). Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y
discursivos del “sexo”. Buenos Aires. Paidós.


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