lunes, 8 de diciembre de 2014

Camaleonizando

Salomé Navas Montoya






I told another lie today
And i got through this day
No one saw through my games
I know the write words to say
Like "i don't feel well," "i ate before i came"
Then someone tells me how good i look
And for a moment, for a moment i am happy
 

Verme a mí misma es suficiente para hacerme jadear de placer, para hacer que mis manos tiemblen con excitación. Estoy sorprendida de este cuerpo que he hecho. Yo no interpreto como una crítica el que nadie más lo admire, es sólo una prueba de que mis estándares son demasiado rarificados para que los seres humanos ordinarios los aprecien… Yo soy mi propia amante. Por la noche, me voy a la cama desnuda y en la oscuridad toco mi cuerpo hasta que se me de memoria el mapa de mi hambre.

Hoy me levanté queriendo ser un camaleón de esos que cambian de colores y se las arreglan para no ser vistos. Esos que a su antojo deciden ser hoja, tierra o rama; como sea que funcione eso de mimetizarse, no me vendría nada mal un par de mudas de ropa con ese plus. Porque a pesar del mundo ser un campo minado, tiene sus momentos interesantes; cosas que merecen ser vistas, puestas de sol en medio de tardes lluviosas, el aceite de los carros en el asfalto que forma arco-iris, cosas que merecen ser olidas, como la tierra mojada o el betún, o sandeces que merecen ser escuchadas. Pero de percibirlas a participar de ellas hay un trecho tremendo, y es que encima de mis ganas de ser invisible, la sociología me convenció de que no hay que contaminar la realidad metiendo la cucharada. (Luego el feminismo vino y acabó con todo lo que yo creía saber y me enseñó que es a partir de la experiencia que se debe gestar la acción política). Pero bueno, algo de socióloga queda en mí, no sólo crisis existenciales y vocacionales, está también la curiosidad, entender el mundo desde afuera, como quien no quiere la cosa.
Querer ser invisible es querer no ser tocada, ni mirada, evitar la exposición, la vulnerabilidad de estar en el centro. Poderme quitar a mi antojo este cuerpo que marcado como está puede ser tanto fuente de placer como de amarguras. Pero el mundo es tan salvaje y mi cuerpo tan maleable y con él mi vida misma que quisiera en el mejor de los casos devenir camaleónica o por lo menos impermeable. Y es que inconscientemente participo de la concepción general de que el cuerpo termina en la piel, que se tiene un cuerpo, que es posible dominarlo,  un cuerpo-instrumento. Esta objetivación del cuerpo nos ha enajenado emocionalmente de nuestra corporalidad. Los placeres corporales son insuficientes al ser relegados a nuestra fracción animalizada, son disfrutados en secreto y en silencio (metafórico claro). El dolor que se siente en el cuerpo, es así mismo silenciado, y se desprecia a quien le de trascendencia. Las heridas así no-tratadas permanecen abiertas o cicatrizan sin sanar. El malestar entonces, consiste en intentar hacer ajeno lo que nos atraviesa constantemente y desde cualquier ángulo. El todo está en la mente nos priva de la experimentación del conocimiento propio desde la corporeidad latente en nuestra existencia. Vacía la experiencia y nos divide en múltiples yo jerarquizados.
El binarismo cartesiano mente/cuerpo, no sólo nos enajena emocionalmente de nuestra experiencia corporal, también nos separa radicalmente de las demás formas de existencia con quienes compartimos y construimos nuestra historia. La piel, como frontera, reitera nuestra situación de aislamiento, nos construye como individuas solitarias, incapaces tanto de sentir como de compartir. Idealmente solitarias y ausentes en nuestro propio cuerpo, las herramientas que tenemos para afrontar las miserias de la vida sólo pueden reiterar nuestra corporalidad objetivada.
Desde otra mirada, el cuerpo es la fuente principal de vivencias personales directas, en el lenguaje del cuerpo se inscribe la historia personal y social de cada individuo. La doble dimensionalidad del cuerpo –múltiple más que doble en realidad, pero para efectos descriptivos está bien así – nos permite descubrir la profundidad de lo social en lo individual. Lo social con sus relaciones de poder, con su intolerancia a la “alteridad”. Con su regulación de los cuerpos a partir de categorías vacías de significado por sí mismas. Categorías que conforman el llamado sentido común, que es en realidad un conjunto de ideologías practicadas y encarnadas. Ideologías que para naturalizarse materializaron las relaciones de poder entre los cuerpos de formas violentas. Estas incorporaciones pueden ser contradictorias y generan algunas veces habitus desgarrados. Para Butler, este conjunto de ideologías encarnadas pasan por el régimen heterosexual como dispositivo regulatorio que materializa el sexo en los cuerpos como su principal forma de control, jerarquización y gobierno. Es decir, la construcción de nuestro cuerpo como unitario, claramente delimitado e impermeable tiene marcas de género.
Las señales que recaen sobre los cuerpos construidos como femeninos conllevan experiencias de vulnerabilidad. De expropiación y subalternización por un lado, y por el otro, de posibilidades de solidarias conspiraciones cómplices. A pesar de todo, adopto como mi dogma el que lo que es construido socialmente es igualmente susceptible a la deconstrucción. Ya sea mediante la provocación o prácticas de autorrepresentación o lo que se nos ocurra en el camino, es posible exceder las tecnologías de género, extraviarse de sus normas. La ya mencionada doble dimensionalidad del cuerpo evidencia el carácter potencialmente transformador de las transgresiones corporales. Con esto en mente y retomando lo dicho más arriba, las marcas que hacen mi cuerpo visible son en gran medida construidas en clave de género femenino –sin lugar a dudas también cala ahí mi nacionalidad, la lectura racializada de que mí pueda hacerse, mi estatus de estudiante, etc. – y son las que actualmente identifico como eje de mis malestares existenciales. Así, mi traje camaleónico ideal consistiría en la supresión de los rasgos que me asocian con lo femenino como categoría. Tal vez el librarme de la carta de presentación que ser mujer implica y que antecede cualquier palabra mía, haría que mi voz sonara más fuerte, sin tantas disposiciones previas sirviendo de contexto y dotando o modificando su sentido.

Bibliografía

Le  Breton,  David  (2002)  Lo  inaprencible  del  cuerpo.  En:  Antropología  del  cuerpo  y  Modernidad.  Ediciones  Nueva  Visión,  Buenos Aires, 13-27. 

Turner,  Bryan  S.  (1994)  Los  Avances  recientes  en  la  teoria  del  cuerpo. Revista  Española  de  Investigaciones  Sociológicas, 68,  octubre diciembre.,  Madrid,  (1994):  11-39

Arango  Gaviria,  Luz  Gabriela;  Bello  Ramírez,  Jeisson;   Ramírez  Ramírez,  Sylvia  Alejandra  (2013)  “Género,  belleza  y  apariencia:  la  clientela  de  peluquerías  en  Bogotá.”  En:  Revista  Nómadas  #38. Cuerpos  otros,  subjetividades  otras.Universidad  Central.  IESCO. Bogotá

Ramírez,  Aydée;  Moreno,  Natalia  et  al  (2013)  ¿Discapacitadas  nosotras? experiencias  de exclusión  y discriminación  en  los  cuerpos:  Anormalidad,  transgresión,  fuga.  Nómadas  (Col),  núm.  38,  abril,  2013, pp. 151 165 Universidad Central Bogotá

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