Salomé Navas Montoya
I told another lie today
And i got through this day
No one saw through my games
I know the write words to say
Like "i don't feel well," "i ate before i came"
Then someone tells me how good i look
And for a moment, for a moment i am happy
And i got through this day
No one saw through my games
I know the write words to say
Like "i don't feel well," "i ate before i came"
Then someone tells me how good i look
And for a moment, for a moment i am happy
Verme a mí misma es suficiente para hacerme jadear de placer, para hacer que mis manos tiemblen con excitación. Estoy sorprendida de este cuerpo que he hecho. Yo no interpreto como una crítica el que nadie más lo admire, es sólo una prueba de que mis estándares son demasiado rarificados para que los seres humanos ordinarios los aprecien… Yo soy mi propia amante. Por la noche, me voy a la cama desnuda y en la oscuridad toco mi cuerpo hasta que se me de memoria el mapa de mi hambre.
Hoy me levanté queriendo ser
un camaleón de esos que cambian de colores y se las arreglan para no ser
vistos. Esos que a su antojo deciden ser hoja, tierra o rama; como sea que
funcione eso de mimetizarse, no me vendría nada mal un par de mudas de ropa con
ese plus. Porque a pesar del mundo ser un campo minado, tiene sus momentos
interesantes; cosas que merecen ser vistas, puestas de sol en medio de tardes
lluviosas, el aceite de los carros en el asfalto que forma arco-iris, cosas que
merecen ser olidas, como la tierra mojada o el betún, o sandeces que merecen
ser escuchadas. Pero de percibirlas a participar de ellas hay un trecho
tremendo, y es que encima de mis ganas de ser invisible, la sociología me
convenció de que no hay que contaminar la realidad metiendo la cucharada. (Luego
el feminismo vino y acabó con todo lo que yo creía saber y me enseñó que es a
partir de la experiencia que se debe gestar la acción política). Pero bueno,
algo de socióloga queda en mí, no sólo crisis existenciales y vocacionales,
está también la curiosidad, entender el mundo desde afuera, como quien no
quiere la cosa.
Querer ser invisible es
querer no ser tocada, ni mirada, evitar la exposición, la vulnerabilidad de
estar en el centro. Poderme quitar a mi antojo este cuerpo que marcado como
está puede ser tanto fuente de placer como de amarguras. Pero el mundo es tan
salvaje y mi cuerpo tan maleable y con él mi vida misma que quisiera en el
mejor de los casos devenir camaleónica o por lo menos impermeable. Y es que
inconscientemente participo de la concepción general de que el cuerpo termina
en la piel, que se tiene un cuerpo,
que es posible dominarlo, un
cuerpo-instrumento. Esta objetivación del cuerpo nos ha enajenado
emocionalmente de nuestra corporalidad. Los placeres corporales son
insuficientes al ser relegados a nuestra fracción animalizada, son disfrutados
en secreto y en silencio (metafórico claro). El dolor que se siente en el
cuerpo, es así mismo silenciado, y se desprecia a quien le de trascendencia.
Las heridas así no-tratadas permanecen abiertas o cicatrizan sin sanar. El
malestar entonces, consiste en intentar hacer ajeno lo que nos atraviesa
constantemente y desde cualquier ángulo. El todo
está en la mente nos priva de la experimentación del conocimiento propio desde
la corporeidad latente en nuestra existencia. Vacía la experiencia y nos divide
en múltiples yo jerarquizados.
El binarismo cartesiano
mente/cuerpo, no sólo nos enajena emocionalmente de nuestra experiencia
corporal, también nos separa radicalmente de las demás formas de existencia con
quienes compartimos y construimos nuestra historia. La piel, como frontera,
reitera nuestra situación de aislamiento, nos construye como individuas
solitarias, incapaces tanto de sentir como de compartir. Idealmente solitarias
y ausentes en nuestro propio cuerpo, las herramientas que tenemos para afrontar
las miserias de la vida sólo pueden reiterar nuestra corporalidad objetivada.
Desde otra mirada, el cuerpo
es la fuente principal de vivencias personales directas, en el lenguaje del
cuerpo se inscribe la historia personal y social de cada individuo. La doble
dimensionalidad del cuerpo –múltiple más que doble en realidad, pero para
efectos descriptivos está bien así – nos permite descubrir la profundidad de lo
social en lo individual. Lo social con sus relaciones de poder, con su
intolerancia a la “alteridad”. Con su regulación de los cuerpos a partir de
categorías vacías de significado por sí mismas. Categorías que conforman el
llamado sentido común, que es en
realidad un conjunto de ideologías practicadas y encarnadas. Ideologías que
para naturalizarse materializaron las relaciones de poder entre los cuerpos de
formas violentas. Estas incorporaciones pueden ser contradictorias y generan
algunas veces habitus desgarrados. Para
Butler, este conjunto de ideologías encarnadas pasan por el régimen
heterosexual como dispositivo regulatorio que materializa el sexo en los
cuerpos como su principal forma de control, jerarquización y gobierno. Es
decir, la construcción de nuestro cuerpo como unitario, claramente delimitado e
impermeable tiene marcas de género.
Las señales que recaen sobre
los cuerpos construidos como femeninos conllevan experiencias de vulnerabilidad.
De expropiación y subalternización por un lado, y por el otro, de posibilidades
de solidarias conspiraciones cómplices. A pesar de todo, adopto como mi dogma
el que lo que es construido socialmente es igualmente susceptible a la
deconstrucción. Ya sea mediante la provocación o prácticas de
autorrepresentación o lo que se nos ocurra en el camino, es posible exceder las
tecnologías de género, extraviarse de sus normas. La ya mencionada doble
dimensionalidad del cuerpo evidencia el carácter potencialmente transformador
de las transgresiones corporales. Con esto en mente y retomando lo dicho más
arriba, las marcas que hacen mi cuerpo visible son en gran medida construidas
en clave de género femenino –sin lugar a dudas también cala ahí mi
nacionalidad, la lectura racializada de que mí pueda hacerse, mi estatus de
estudiante, etc. – y son las que actualmente identifico como eje de mis
malestares existenciales. Así, mi traje camaleónico ideal consistiría en la
supresión de los rasgos que me asocian con lo
femenino como categoría. Tal vez el librarme de la carta de presentación
que ser mujer implica y que antecede
cualquier palabra mía, haría que mi voz sonara más fuerte, sin tantas
disposiciones previas sirviendo de contexto y dotando o modificando su sentido.
Bibliografía
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David (2002) Lo inaprencible del cuerpo.
En:
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Modernidad. Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 13-27.
Turner, Bryan
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Arango
Gaviria, Luz Gabriela; Bello Ramírez,
Jeisson; Ramírez Ramírez, Sylvia Alejandra
(2013) “Género, belleza y apariencia: la clientela
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Nómadas #38. Cuerpos otros, subjetividades
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Ramírez,
Aydée; Moreno, Natalia et al (2013) ¿Discapacitadas nosotras? experiencias de exclusión
y discriminación en los cuerpos: Anormalidad, transgresión, fuga. Nómadas (Col), núm. 38,
abril, 2013, pp. 151 165 Universidad Central Bogotá
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