Víctor Alfonso Ávila García
Mi acercamiento al estudio de las cartografías corporales tuvo una
motivación dual. Por un lado, tenía interrogantes objetivos, neutrales e
impersonales sobre el emplazamiento de la materia
en los terrenos de negociación/confrontación simbólica: de mi proyecto de tesis
retomaba preocupaciones legítimas, relevantes y muy racionales. Sin embargo, también
fui convocado por una conclusión a la que arribé con no poca dificultad: mi cuerpo y yo atravesábamos por un
momento difícil, estábamos en “momentos diferentes”. Yo forzaba una identificación racional no problematizada, quería ocupar
el espacio cercenador de la Razón moderna, y él se negaba a representar, permanecía flojo y negligente, y estaba
sometido además a mis acusaciones especulares.
Me harté de los dualismos. Yo y mi
cuerpo no podíamos seguir siendo dos. Teníamos que hallar un catalizador para
formalizar nuestra fusión. En adelante, sólo sería yo, es decir, el producto de
la obliteración del dualismo cartesiano originario.
El cuerpo dejó de ser un obstáculo o un acicate, según el artificio filosófico,
del conocimiento; los nuevos saberes sólo podrían producirse a través de la corporeización de la ciencia. No es sólo
jeringonza. Es también un aullido textual que denuncia el binarismo occidental y
explora rupturas, espacios y anatomías para debilitar las rígidas posiciones de
los ordenamientos jerárquicos.
Cuando recurro, en Deviniendo Cyborg, a un lenguaje incomprensible para ambientar la
sucesión de imágenes blasfemas, anulo el poder significante de la lengua de los
conquistadores (Haraway, 1991) y la capacidad performativa de su mito sobre el
origen del mundo[1],
y renuncio además al lugar Hombre:
derogo el derecho a dominar la Naturaleza que la Razón me legó y cedo la
autoría de la Historia. No adolezco una lengua original, y la traducción, es
decir, la utilización de subtítulos, crea sólo una interpretación situada y
temporal; este lenguaje ruidoso y contaminado no puede domesticarse ni componer
un código universal capaz de agotar todos los significados (Haraway, 1991). La
narración se construía a sí misma, porque la superación de los intervalos de
sentido, inaugurados por el discurso, habilitó la circulación de flujos
comunicativos orgánicos, esto es, viscerales y constituidos en la
experiencia: podría accederse a las conclusiones de Citro, Butler, Foucault y
Preciado, recurriendo a la reflexividad contemporánea y a un artefacto barato
de captura audiovisual.[2]
El tiempo, como experiencia de la
modernidad occidental, fue puesto en entredicho. Inspirado en Jorge Luis Borges,
expuse, en su propia lógica racional, la paradoja del progreso y de la
percepción del cambio: para que "el público" pudiese acceder a mi codificación binaria, “habría
tenido que transcurrir un minuto, pero antes habría tenido que transcurrir la
mitad de ese minuto, y antes, la mitad de la mitad de ese minuto…” afirmo en Deviniendo Cyborg. En aquella interfaz,
el reproductor multimedia, exploré otros mundos, y en menos de siete minutos viajé
a una galaxia sin salvadores y sin fronteras nacionales, y en la que es difícil
atribuir a la voz que narra una posición en los entrecruzamientos raciales,
sexuales y de clase. La ironía hizo posible una enunciación no antecedida por
el poder performativo de La Ley (Butler, 2002): por siete minutos, posiblemente
pude estar por fuera de la
arquitectura lingüística que crea lo que nombra.
No obstante, confronté las prácticas a
las que recurro para producir mi experiencia y reproducir simultáneamente las
relaciones sociales que distribuyen diferencialmente los privilegios. Dos o
tres veces al año, me divierto en un lugar que actualiza la secuencia sexismo-clasismo-racismo-neoliberalismo;
cada dos meses, permito que la medicina, y sus microdispositivos de lectura e
intervención corporal, me digan La Verdad
sobre mí; cada semana voy a un taller de Yoga y tengo otras sesiones de
ejercicio para mantenerme “saludable”; legitimo la función ideológica de una
institución europea, la Universidad, y tomo en serio esta iniciativa de blanqueamiento y/o ascenso social; ocupo
el espacio público como un ciudadano civilizado, y mis aspiraciones románticas
son una oda al romanticismo heterosexual de los Hermanos Grimm.
No trato de justificar o enmendar mis
elecciones. Sin embargo, pienso que es posible abstraer valiosas conclusiones
de una revisión reflexiva de mi propia trayectoria. La inversión posmoderna
hizo del cuerpo el lugar de inscripción de la identidad y promovió su
personalización a través de múltiples técnicas corporales, performances
estéticas variadas, y guías de cuidado y bienestar (Citro, 2010). Como lo
enuncio en Deviniendo Cyborg, produzco
la materia, hago del cuerpo un proyecto inacabado que debe ser intervenido, mejorado,
trabajado y transformado, y lo sitúo paradójicamente entre la normalización y
la personalización, y los demás dualismos que ha reabsorbido la globalización
(Citro, 2010). Como habitante de la ciudad, la economía multicultural pone a mi
disposición una amplia variedad de técnicas corporales que reflejan una tensión
entre la agencia y la reproducción, y a través de las cuales es constituido el
sujeto (Citro, 2010): opto por unas clases gratuitas de Yoga que bien podrían
ser complementadas o reemplazadas por una membresía en Bodytech, una cirugía
estética en uno de los promisorios
consultorios aleñados al parque de la 93, o la actualización de mis pertenencias
prêt-à-porter.
Por otro lado y a pesar de que
reconozco el poder disciplinar de la Medicina y la existencia de un Complejo
Médico Industrial, es decir, una estructura global que integra los flujos
económicos de la industria farmacéutica al aparato estatal, en vías de extinción,
que garantiza el derecho a la salud de los ciudadanos, y a las instancias de
producción de nuevos conocimientos (centros de investigación y
universidades), recurro al efecto prescriptivo de este campo de saberes para
reinscribir mis accidentes identitarios: alienado por el efecto mágico de los fármacos, que logran
cambiar y redefinir los estados perceptibles de la materia, ingiero una píldora
diaria para borrar las marcas de mi piel, sacrificando la salud de mi hígado y
algunas de mis convicciones más “sublimes”.
Por último y de acuerdo con McDowell (2000),
el cuerpo deseoso y deseado del capitalismo tardío necesita cultivarse para
ofrecer la imagen pulcra y aceptable que resulta triunfante y asimilable por
los circuitos de consumo material, simbólico y sexual, lo cual implica que el
cuerpo es la plataforma que dinamiza u obstaculiza el acceso a las instancias
de representación, reconocimiento y redistribución. Ser un cuerpo no nombrado por
la heterosexualidad legítima, además de inaugurar una posición determinada en
el entramado de relaciones sociales, fue uno de los principales factores que
motivó aquel malestar que enuncié al principio de este escrito; cuando el mundo
me otorgó la identidad marica no
señaló un intervalo abierto de posibilidades, sino la ruptura del ciclo iterativo
de reproducción ideológica del sujeto: lo que yo constituía no era un retorno
especular de La Imagen fundacional y esto merecía la sabía intervención de todos los bondadosos
agentes de vigilancia del género. Hoy proclamo: no soy obsoleto y puedo
recurrir a la matriz cibernética para
crear ficciones libertarias y emancipatorias que hagan el duelo a los dualismos.
Referencias
Butler, Judith (2002). Introducción. Cuerpos que importan. Sobre los límites
materiales y discursivos del “sexo”. Buenos Aires: Paidós.
Citro, Silvia (2010). La antropología
del cuerpo y los cuerpos en-el-mundo. Indicios para una genealogía
(in)disciplinar. En Silvia Citro (Coord.), Cuerpos
plurales. Antropología de y desde los cuerpos, (pp. 17-58). Buenos Aires: Editorial Biblos.
Haraway, Donna (1991). Manifiesto
Cyborg. Ciencia, Tecnología y
Feminismo Socialista Finales del S.XX. Fuente Original: Donna Haraway (1991), A
Cyborg Manifesto: Science, Technology, and Socialist Feminism in the Late
Twentieth Century. Simians,
Cyborgs and Women: The Reinvention of Nature (pp. 149-181).
New York: Routledge.
McDowell, Linda (2000). Dentro y fuera del
lugar: cuerpo y corporeidad. Género,
identidad y lugar. Un estudio de las geografías feministas (pp. 59-109). Madrid: Ediciones Cátedra, Universitat de València
& Instituto de la Mujer.
[1] Hago referencia a la introducción
del cristianismo y a la consecuente organización lingüística del “Universo”: “En
el principio era el Verbo…”.
[2] No quiero desconocer mis
privilegios académicos y afirmar artificiosamente una posibilidad irrestricta
de producir conocimientos a partir de la experiencia. Quiero resaltar, por el
contrario, que algunas de las elaboraciones teóricas más intricadas a las que
he tenido acceso resultaron más inteligibles cuando revisé, con una perspectiva
narrativa, el material audiovisual que recopilé durante algunas semanas en distintos
ámbitos.
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