lunes, 8 de diciembre de 2014

Deviniendo Cyborg


Víctor Alfonso Ávila García

Mi acercamiento al estudio de las cartografías corporales tuvo una motivación dual. Por un lado, tenía interrogantes objetivos, neutrales e impersonales sobre el emplazamiento de la materia en los terrenos de negociación/confrontación simbólica: de mi proyecto de tesis retomaba preocupaciones legítimas, relevantes y muy racionales. Sin embargo, también fui convocado por una conclusión a la que arribé con no poca dificultad: mi cuerpo y yo atravesábamos por un momento difícil, estábamos en “momentos diferentes”. Yo forzaba una identificación racional no problematizada, quería ocupar el espacio cercenador de la Razón moderna, y él se negaba a representar, permanecía flojo y negligente, y estaba sometido además a mis acusaciones especulares. 
Me harté de los dualismos. Yo y mi cuerpo no podíamos seguir siendo dos. Teníamos que hallar un catalizador para formalizar nuestra fusión. En adelante, sólo sería yo, es decir, el producto de la obliteración del dualismo cartesiano originario. El cuerpo dejó de ser un obstáculo o un acicate, según el artificio filosófico, del conocimiento; los nuevos saberes sólo podrían producirse a través de la corporeización de la ciencia. No es sólo jeringonza. Es también un aullido textual que denuncia el binarismo occidental y explora rupturas, espacios y anatomías para debilitar las rígidas posiciones de los ordenamientos jerárquicos.
Cuando recurro, en Deviniendo Cyborg, a un lenguaje incomprensible para ambientar la sucesión de imágenes blasfemas, anulo el poder significante de la lengua de los conquistadores (Haraway, 1991) y la capacidad performativa de su mito sobre el origen del mundo[1], y renuncio además al lugar Hombre: derogo el derecho a dominar la Naturaleza que la Razón me legó y cedo la autoría de la Historia. No adolezco una lengua original, y la traducción, es decir, la utilización de subtítulos, crea sólo una interpretación situada y temporal; este lenguaje ruidoso y contaminado no puede domesticarse ni componer un código universal capaz de agotar todos los significados (Haraway, 1991). La narración se construía a sí misma, porque la superación de los intervalos de sentido, inaugurados por el discurso, habilitó la circulación de flujos comunicativos orgánicos, esto es, viscerales y constituidos en la experiencia: podría accederse a las conclusiones de Citro, Butler, Foucault y Preciado, recurriendo a la reflexividad contemporánea y a un artefacto barato de captura audiovisual.[2]  
El tiempo, como experiencia de la modernidad occidental, fue puesto en entredicho. Inspirado en Jorge Luis Borges, expuse, en su propia lógica racional, la paradoja del progreso y de la percepción del cambio: para que "el público" pudiese acceder a mi codificación binaria, “habría tenido que transcurrir un minuto, pero antes habría tenido que transcurrir la mitad de ese minuto, y antes, la mitad de la mitad de ese minuto…” afirmo en Deviniendo Cyborg. En aquella interfaz, el reproductor multimedia, exploré otros mundos, y en menos de siete minutos viajé a una galaxia sin salvadores y sin fronteras nacionales, y en la que es difícil atribuir a la voz que narra una posición en los entrecruzamientos raciales, sexuales y de clase. La ironía hizo posible una enunciación no antecedida por el poder performativo de La Ley (Butler, 2002): por siete minutos, posiblemente pude estar por fuera de la arquitectura lingüística que crea lo que nombra.
No obstante, confronté las prácticas a las que recurro para producir mi experiencia y reproducir simultáneamente las relaciones sociales que distribuyen diferencialmente los privilegios. Dos o tres veces al año, me divierto en un lugar que actualiza la secuencia sexismo-clasismo-racismo-neoliberalismo; cada dos meses, permito que la medicina, y sus microdispositivos de lectura e intervención corporal, me digan La Verdad sobre mí; cada semana voy a un taller de Yoga y tengo otras sesiones de ejercicio para mantenerme “saludable”; legitimo la función ideológica de una institución europea, la Universidad, y tomo en serio esta iniciativa de blanqueamiento y/o ascenso social; ocupo el espacio público como un ciudadano civilizado, y mis aspiraciones románticas son una oda al romanticismo heterosexual de los Hermanos Grimm.
No trato de justificar o enmendar mis elecciones. Sin embargo, pienso que es posible abstraer valiosas conclusiones de una revisión reflexiva de mi propia trayectoria. La inversión posmoderna hizo del cuerpo el lugar de inscripción de la identidad y promovió su personalización a través de múltiples técnicas corporales, performances estéticas variadas, y guías de cuidado y bienestar (Citro, 2010). Como lo enuncio en Deviniendo Cyborg, produzco la materia, hago del cuerpo un proyecto inacabado que debe ser intervenido, mejorado, trabajado y transformado, y lo sitúo paradójicamente entre la normalización y la personalización, y los demás dualismos que ha reabsorbido la globalización (Citro, 2010). Como habitante de la ciudad, la economía multicultural pone a mi disposición una amplia variedad de técnicas corporales que reflejan una tensión entre la agencia y la reproducción, y a través de las cuales es constituido el sujeto (Citro, 2010): opto por unas clases gratuitas de Yoga que bien podrían ser complementadas o reemplazadas por una membresía en Bodytech, una cirugía estética en uno de los promisorios consultorios aleñados al parque de la 93, o la actualización de mis pertenencias prêt-à-porter.  
Por otro lado y a pesar de que reconozco el poder disciplinar de la Medicina y la existencia de un Complejo Médico Industrial, es decir, una estructura global que integra los flujos económicos de la industria farmacéutica al aparato estatal, en vías de extinción, que garantiza el derecho a la salud de los ciudadanos, y a las instancias de producción de nuevos conocimientos (centros de investigación y universidades), recurro al efecto prescriptivo de este campo de saberes para reinscribir mis accidentes identitarios: alienado por el efecto mágico de los fármacos, que logran cambiar y redefinir los estados perceptibles de la materia, ingiero una píldora diaria para borrar las marcas de mi piel, sacrificando la salud de mi hígado y algunas de mis convicciones más “sublimes”.
Por último y de acuerdo con McDowell (2000), el cuerpo deseoso y deseado del capitalismo tardío necesita cultivarse para ofrecer la imagen pulcra y aceptable que resulta triunfante y asimilable por los circuitos de consumo material, simbólico y sexual, lo cual implica que el cuerpo es la plataforma que dinamiza u obstaculiza el acceso a las instancias de representación, reconocimiento y redistribución. Ser un cuerpo no nombrado por la heterosexualidad legítima, además de inaugurar una posición determinada en el entramado de relaciones sociales, fue uno de los principales factores que motivó aquel malestar que enuncié al principio de este escrito; cuando el mundo me otorgó la identidad marica no señaló un intervalo abierto de posibilidades, sino la ruptura del ciclo iterativo de reproducción ideológica del sujeto: lo que yo constituía no era un retorno especular de La Imagen fundacional y esto merecía la sabía intervención de todos los bondadosos agentes de vigilancia del género. Hoy proclamo: no soy obsoleto y puedo recurrir a la matriz cibernética para crear ficciones libertarias y emancipatorias que hagan el duelo a los dualismos.       
Referencias
Butler, Judith (2002). Introducción. Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”. Buenos Aires: Paidós.
Citro, Silvia (2010). La antropología del cuerpo y los cuerpos en-el-mundo. Indicios para una genealogía (in)disciplinar. En Silvia Citro (Coord.), Cuerpos plurales. Antropología de y desde los cuerpos, (pp. 17-58).  Buenos Aires: Editorial Biblos.
Haraway, Donna (1991). Manifiesto Cyborg. Ciencia, Tecnología y Feminismo Socialista Finales del S.XX. Fuente Original: Donna Haraway (1991), A Cyborg Manifesto: Science, Technology, and Socialist Feminism in the Late Twentieth Century. Simians, Cyborgs and Women: The Reinvention of Nature (pp. 149-181). New York: Routledge.
McDowell, Linda (2000). Dentro y fuera del lugar: cuerpo y corporeidad. Género, identidad y lugar. Un estudio de las geografías feministas (pp. 59-109).  Madrid: Ediciones Cátedra, Universitat de València & Instituto de la Mujer. 


[1] Hago referencia a la introducción del cristianismo y a la consecuente organización lingüística del “Universo”: “En el principio era el Verbo…”.
[2] No quiero desconocer mis privilegios académicos y afirmar artificiosamente una posibilidad irrestricta de producir conocimientos a partir de la experiencia. Quiero resaltar, por el contrario, que algunas de las elaboraciones teóricas más intricadas a las que he tenido acceso resultaron más inteligibles cuando revisé, con una perspectiva narrativa, el material audiovisual que recopilé durante algunas semanas en distintos ámbitos. 

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