lunes, 8 de diciembre de 2014

Mi cuerpo es una maraña de pensamientos. (De la experiencia de mapear mi cuerpo)

Pocas veces me he acercado a mi cuerpo, mis encuentros con él han estado siempre mediados por la medicina occidental. Lo he atendido cuando alguna parte me duele o se rebela disfuncional. Encuentros escuetos, operativos y fríos. Al escribir esto se hace evidente que el régimen moderno está instalado en mi carne: existo desde mi condición disociada. Existo como si yo y mi cuerpo fuéramos materias ontológicamente distintas: res cogitans y res extensa (Citro, 2010). Stop. Calla el pensamiento, deja que la carne te interpele, siéntete, percíbete, escúchate, gózate, conócete, dale un lugar en tu mundo a esta materia que te acompaña. Esto me grita mi cuerpo modelado sobre una tela que le da forma a mi propio mapa. En efecto, como perteneciente al orden del acontecimiento, la cartografía corporal me rebela lo inanticipable e inédito de mi propio cuerpo. Aquí consigno algunos de sus gritos: gritos en forma de placer, de sudor, de temblor, de palpitaciones frágiles y rápidas, de movimientos, de sangre, de tensión muscular, en suma, gritos envueltos de fuerza vital.
  
Ya no puedo ver ni sentir mi cuerpo como sustancia autónoma y autorreferente. Mi cuerpo no es una realidad en sí, no es un dato dado a priori, no es tabula rasa ni pizarra en blanco, no es mera materia sin más (Le Breton, 2002). Pero ¿y qué son entonces las terminales nerviosas de mi clítoris, mis contracciones de la espalda, mis alergias en las orejas?, ¿Acaso no son ellos una realidad? Lo son. Como lo sostiene Butler, mi cuerpo es la incorporación y materialización de normas, sin embargo, también es biología, biología que no existe sin la discursividad que la circunda. Así las cosas, no soy solo construcción, pero tampoco soy meros huesos, hormonas y nervios que ostentan una existencia autónoma con respecto a un entramado de relaciones discursivas y de poder (Butler, 2002). Mi cuerpo me rebela la ficción implícita entre la dicotomía esencialismo/constructivismo: soy también biología (me lo dicen los músculos tensionados de mi espalda y mis dolores de estómago), pero esta biología no existe al margen de un espacio discursivo particular y soy también normas (Butler, 2002) habitus (Bourdieu, 1999) y convenciones (Birringer, 1986) incorporadas (me lo dice el mapa de mi cuerpo que a cada dolor que parece eminentemente “biológico” le ubica un “alguien”, un “lugar”, una “voz”, una “decepción”, un “castigo social”).

Miro mi cartografía y sé que mi cuerpo es memoria. Como lo sostiene Pina Bausch, las memorias reprimidas de la infancia y los traumas de las experiencias pasadas quedan inscritos en el cuerpo y solo pueden ser ubicados si se le escucha adecuadamente, si se observan sus repeticiones, sus gestos, sus movimientos y formas. Miro mi cartografía corporal y sé que mi espalda lleva a cuestas los dolores de despedidas pasadas, está plagada de “adioeses”,  de amores fallidos, de la partida de mi padre, de la muerte de mi abuelo. Mi espalda es un retazo de abandonos. Mis piernas están cargadas de memorias con olor a montañas y a cuestas. Y así, cada “parte” de mí, me rebela que mi cuerpo no existe sin memoria, sin imaginación, sin experiencias. (Mitchell, 2002)

La tela que tengo al frente también me rebela que mi cuerpo es esencialmente en relación. Mi cuerpo es mi estar con otras/os. Al recorrer mi piel de punta a punta, descubro que hablar de mi cuerpo es necesariamente hablar de otros cuerpos, de palabras enunciadas por otros/as, de espacios, de tiempos Mi cuerpo no es entonces un sistema autopoietico que pueda autorregularse, mi cuerpo, como lo sostiene Jean Luc Nancy, es un cuerpo en relación y no existe nada a previo o fuera de esta relación. Mi cuerpo en términos de Artaud es un cuerpo-con-otros (Nancy, 2009). Por ello, mi espalda es también los cuidados de mis cómplices del alma Jannia y Leidy; mi vagina es la exploración de Laura en mi cuerpo; mi estómago es la comida que mi madre no me dejaba comer; mis manos son el acoso de mi padre. Todo esto me lleva a afirmar que mi cuerpo solo tiene realidad en el mundo y lejos de pensarlo como una frontera o límite con respecto a éste, lo pienso como los Canacos: “el cuerpo se confunde con el mundo, no es el soporte o la prueba de una individualidad…no hay asperezas entre la carne del hombre y la del mundo” (Le Breton, 2002, pág. 18).

Este cuerpo-en-el-mundo también se resiste a ser diseccionado por partes. Tal y como lo sostiene Le Breton, la definición hegemónica del cuerpo en sociedades occidentales es aquella que emana del discurso anatomofisiológico y este, divide el cuerpo en órganos (Le Breton, 2002). Al intentar mapearme, mi carne se rehúsa a ser descuartizada. Esta tela me grita con fuerza que las diferentes partes de mi cuerpo se relacionan, están interconectadas, se ayudan, se pelean, se halan, se espantan o se atraen. No puedo concebir mis manos sin mi nariz (tendré que hablar de mariz), no puedo pensar mi boca sin mi vagina (tendré que nombrarles bogina), mi estómago no puede tener realidad sin mi pecho (tendré que llamarle  especho –casi despecho, fuerte coincidencia-). Traté de hacer encajar a mi cuerpo en el discurso médico científico, sin embargo inmediatamente se rebeló, me gritó y mi proyecto moderno fracasó. La disección del cuerpo y de los sentidos, es una operación eminentemente artificial (Larrea, 1997).

Mi cuerpo es un todo holístico pero nunca es estable: cobra diferentes colores, formas, olores y representaciones dependiendo del entorno en el que está inserto. Esta tela que tengo al frente me sugiere que si quiero entender mi cuerpo en su singularidad, debo adoptar una lectura interseccional y comprender que algunas de sus características se expresan y se sitúan de manera particular dependiendo del tiempo y del espacio (Mac Dowell, 1999). Así me lo dice mi piel: en el colegio bogotano (y burgués) en el que pasé 13 años de mi vida, mi piel era oscura, quizás por eso, en los juegos con mis amigas, siempre hice de Pocahontas. Cuál sería mi sorpresa cuando entré a la Universidad Nacional (UN) y mi piel empezó a ser leída como blanca, mi posición de sujeto había cambiado y con ella, mi piel parecía adquirir otro tono. Algo similar pasó con mi pelo: mientras estuve en el colegio, alisarlo me garantizaba cierto lugar de privilegio, sin embargo, en la UN mi pelo liso, gritaba burguesa, frivolidad y superficialidad (Bello, Arango, & Ramírez, 2013). Así las cosas, tal y como lo menciona bell Hooks, hay prácticas de dominación que no tienen un significado unívoco (hooks, 2005).

Todo esto me lleva a Anzaldúa, en efecto, mi cuerpo se me rebela como una maraña de cruces, como un centro de fronteras. Mi cuerpo está atravesado por la comodidad de mi barrio burgués en Usaquén, pero también por mi militancia anticapitalista en la Escuela Feminista; por el cariño que le guardo a mis amigas del colegio que han hecho de la heterosexualidad cuerpo y por el amor que le tengo a mi compañera mujer; por mi cabeza que me grita que le apueste al amor libre y por un estómago que duele cuando no hay monogamia. Esta tela me grita que yo soy muchas y yo –ingenua- jugando a ser una sola.
Esta tela me muestra dolores, me dice que a veces hago de la tristeza una institución, sin embargo, también me rebela fuerza. Esta tela me recuerda que también soy conatus, fuerza vital para perseverar en el ser (Citro, 2010), pero sobre todo me moviliza a conquistar pasiones alegres, a resistirme a través del placer, a incrementar y potenciar mi cuerpo a través de la alegría (Del Sarto, 2012). Este cuerpo no merece menos.  



Algunas partes de mi cuerpo hablando: 

Mi boca

Mi espalda

Mi pecho

Bibliografía


Bello, J., Arango, L. G., & Ramírez, S. A. (2013). Género, belleza y apariencia: la clientela de peluquerías en Bogotá. Revista Nómadas.
Birringer, J. (1986). Pina Bausch: Dancing across borders. The Drama Review: TDR, 30(2), 85-97.
Bourdieu, P. (1999). El conocimiento por cuerpos. In P. Bourdieu, Meditaciones Pascalianas (pp. 169-214). Barcelona: Anagrama.
Butler, J. (2002). Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del "sexo". Buenos Aires: Paidós.
Citro, S. (2010). La antropología del cuerpo y los cuerpos en-el-mundo. En S. Citro, Indicios para una genealogía (in)disciplinar (págs. 17-28). Buenos Aires: Editorial Biblos.
Del Sarto, A. (2012). Los afectos en los estudios culturales latinoamericanos. Cuerpos y subjetividades en Ciudad Juárez. Cuadernos de literatura(32), 41-68.
hooks, b. (2005). Alisando nuestro pleo. Gaceta de Cuba , 70-73.
Larrea, C. (1997). El olfato y los olores. En C. Larrea, La cultura de los olores. Una aproximación a la antropología de los sentidos (págs. 27-54). Quito: Abya Yala.
Le Breton, D. (2002). Lo inaprensible del cuerpo. En D. Le Breton, Antropología del cuerpo y modernidad (págs. 13-27). Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión.
Mac Dowell, L. (1999). Género, identidad y lugar: Un estudio de las geografías feministas. Ediciones Cátedra.
Mitchell, W. (2002). Mostrando el ver: Una crítica de la cultura visula. Estudios Visuales. Revista de Estudios Visuales(1), 16-38.
Nancy, J.-L. (2009). La verdad de la democracia. Buenos Aires: Amorrortu.



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