Pocas
veces me he acercado a mi cuerpo, mis encuentros con él han estado siempre
mediados por la medicina occidental. Lo he atendido cuando alguna parte me
duele o se rebela disfuncional. Encuentros escuetos, operativos y fríos. Al
escribir esto se hace evidente que el régimen moderno está instalado en mi
carne: existo desde mi condición disociada. Existo como si yo y mi cuerpo
fuéramos materias ontológicamente distintas: res cogitans y res extensa
(Citro, 2010) .
Stop. Calla el pensamiento, deja que la carne te interpele, siéntete, percíbete,
escúchate, gózate, conócete, dale un lugar en tu mundo a esta materia que te
acompaña. Esto me grita mi cuerpo modelado sobre una tela que le da forma a mi
propio mapa. En efecto, como perteneciente al orden del acontecimiento, la
cartografía corporal me rebela lo inanticipable e inédito de mi propio cuerpo.
Aquí consigno algunos de sus gritos: gritos en forma de placer, de sudor, de
temblor, de palpitaciones frágiles y rápidas, de movimientos, de sangre, de
tensión muscular, en suma, gritos envueltos de fuerza vital.
Ya
no puedo ver ni sentir mi cuerpo como sustancia autónoma y autorreferente. Mi
cuerpo no es una realidad en sí, no es un dato dado a priori, no es tabula rasa
ni pizarra en blanco, no es mera materia sin más (Le Breton, 2002) . Pero ¿y qué son entonces las
terminales nerviosas de mi clítoris, mis contracciones de la espalda, mis
alergias en las orejas?, ¿Acaso no son ellos una realidad? Lo son. Como lo
sostiene Butler, mi cuerpo es la incorporación y materialización de normas, sin
embargo, también es biología, biología que no existe sin la discursividad que
la circunda. Así las cosas, no soy solo construcción, pero tampoco soy meros
huesos, hormonas y nervios que ostentan una existencia autónoma con respecto a un
entramado de relaciones discursivas y de poder (Butler, 2002) . Mi cuerpo me rebela la ficción
implícita entre la dicotomía esencialismo/constructivismo: soy también biología
(me lo dicen los músculos tensionados de mi espalda y mis dolores de estómago),
pero esta biología no existe al margen de un espacio discursivo particular y
soy también normas (Butler, 2002) habitus (Bourdieu, 1999) y convenciones (Birringer, 1986) incorporadas (me lo dice el mapa de mi
cuerpo que a cada dolor que parece eminentemente “biológico” le ubica un
“alguien”, un “lugar”, una “voz”, una “decepción”, un “castigo social”).
Miro
mi cartografía y sé que mi cuerpo es memoria. Como lo sostiene Pina Bausch, las
memorias reprimidas de la infancia y los traumas de las experiencias pasadas
quedan inscritos en el cuerpo y solo pueden ser ubicados si se le escucha
adecuadamente, si se observan sus repeticiones, sus gestos, sus movimientos y
formas. Miro mi cartografía corporal y sé que mi espalda lleva a cuestas los
dolores de despedidas pasadas, está plagada de “adioeses”, de amores fallidos, de la partida de mi padre,
de la muerte de mi abuelo. Mi espalda es un retazo de abandonos. Mis piernas
están cargadas de memorias con olor a montañas y a cuestas. Y así, cada “parte”
de mí, me rebela que mi cuerpo no existe sin memoria, sin imaginación, sin
experiencias. (Mitchell, 2002)
La
tela que tengo al frente también me rebela que mi cuerpo es esencialmente en
relación. Mi cuerpo es mi estar con otras/os. Al recorrer mi piel de punta a
punta, descubro que hablar de mi cuerpo es necesariamente hablar de otros
cuerpos, de palabras enunciadas por otros/as, de espacios, de tiempos Mi cuerpo
no es entonces un sistema autopoietico que pueda autorregularse, mi cuerpo,
como lo sostiene Jean Luc Nancy, es un cuerpo en relación y no existe nada a
previo o fuera de esta relación. Mi cuerpo en términos de Artaud es un
cuerpo-con-otros (Nancy, 2009) .
Por ello, mi espalda es también los cuidados de mis cómplices del alma Jannia y
Leidy; mi vagina es la exploración de Laura en mi cuerpo; mi estómago es la
comida que mi madre no me dejaba comer; mis manos son el acoso de mi padre.
Todo esto me lleva a afirmar que mi cuerpo solo tiene realidad en el mundo y
lejos de pensarlo como una frontera o límite con respecto a éste, lo pienso
como los Canacos: “el cuerpo se confunde con el mundo, no es el soporte o la
prueba de una individualidad…no hay asperezas entre la carne del hombre y la
del mundo” (Le Breton, 2002, pág. 18) .
Este
cuerpo-en-el-mundo también se resiste a ser diseccionado por partes. Tal y como
lo sostiene Le Breton, la definición hegemónica del cuerpo en sociedades
occidentales es aquella que emana del discurso anatomofisiológico y este,
divide el cuerpo en órganos (Le Breton, 2002) . Al intentar mapearme, mi carne se
rehúsa a ser descuartizada. Esta tela me grita con fuerza que las diferentes
partes de mi cuerpo se relacionan, están interconectadas, se ayudan, se pelean,
se halan, se espantan o se atraen. No puedo concebir mis manos sin mi nariz
(tendré que hablar de mariz), no
puedo pensar mi boca sin mi vagina (tendré que nombrarles bogina), mi estómago no puede tener realidad sin mi pecho (tendré
que llamarle especho –casi despecho, fuerte coincidencia-). Traté de hacer encajar
a mi cuerpo en el discurso médico científico, sin embargo inmediatamente se rebeló,
me gritó y mi proyecto moderno fracasó. La disección del cuerpo y de los sentidos,
es una operación eminentemente artificial (Larrea, 1997) .
Mi
cuerpo es un todo holístico pero nunca es estable: cobra diferentes colores,
formas, olores y representaciones dependiendo del entorno en el que está
inserto. Esta tela que tengo al frente me sugiere que si quiero entender mi
cuerpo en su singularidad, debo adoptar una lectura interseccional y comprender
que algunas de sus características se expresan y se sitúan de manera particular
dependiendo del tiempo y del espacio (Mac Dowell, 1999) . Así me lo dice mi piel: en el colegio
bogotano (y burgués) en el que pasé 13 años de mi vida, mi piel era oscura,
quizás por eso, en los juegos con mis amigas, siempre hice de Pocahontas. Cuál
sería mi sorpresa cuando entré a la Universidad Nacional (UN) y mi piel empezó
a ser leída como blanca, mi posición de sujeto había cambiado y con ella, mi
piel parecía adquirir otro tono. Algo similar pasó con mi pelo: mientras estuve
en el colegio, alisarlo me garantizaba cierto lugar de privilegio, sin embargo,
en la UN mi pelo liso, gritaba burguesa, frivolidad y superficialidad (Bello, Arango, & Ramírez, 2013) . Así las cosas, tal
y como lo menciona bell Hooks, hay prácticas de dominación que no tienen un
significado unívoco (hooks, 2005) .
Esta
tela me muestra dolores, me dice que a veces hago de la tristeza una
institución, sin embargo, también me rebela fuerza. Esta tela me recuerda que
también soy conatus, fuerza vital
para perseverar en el ser (Citro, 2010) ,
pero sobre todo me moviliza a conquistar pasiones alegres, a resistirme a
través del placer, a incrementar y potenciar mi cuerpo a través de la alegría (Del Sarto, 2012) . Este cuerpo no
merece menos.
Bibliografía
Bello, J., Arango, L. G., & Ramírez, S. A. (2013).
Género, belleza y apariencia: la clientela de peluquerías en Bogotá. Revista Nómadas.
Birringer, J. (1986). Pina Bausch:
Dancing across borders. The Drama Review: TDR, 30(2), 85-97.
Bourdieu, P. (1999). El conocimiento por cuerpos. In P.
Bourdieu, Meditaciones Pascalianas (pp. 169-214). Barcelona: Anagrama.
Butler, J. (2002). Cuerpos que importan.
Sobre los límites materiales y discursivos del "sexo". Buenos
Aires: Paidós.
Citro, S. (2010). La antropología del
cuerpo y los cuerpos en-el-mundo. En S. Citro, Indicios para una
genealogía (in)disciplinar (págs. 17-28). Buenos Aires: Editorial Biblos.
Del Sarto, A. (2012). Los afectos en
los estudios culturales latinoamericanos. Cuerpos y subjetividades en Ciudad
Juárez. Cuadernos de literatura(32), 41-68.
hooks, b. (2005). Alisando nuestro
pleo. Gaceta de Cuba , 70-73.
Larrea, C. (1997). El olfato y los
olores. En C. Larrea, La cultura de los olores. Una aproximación a la
antropología de los sentidos (págs. 27-54). Quito: Abya Yala.
Le Breton, D. (2002). Lo inaprensible
del cuerpo. En D. Le Breton, Antropología del cuerpo y modernidad
(págs. 13-27). Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión.
Mac Dowell, L. (1999). Género,
identidad y lugar: Un estudio de las geografías feministas. Ediciones
Cátedra.
Mitchell, W. (2002). Mostrando el ver:
Una crítica de la cultura visula. Estudios Visuales. Revista de Estudios
Visuales(1), 16-38.
Nancy, J.-L. (2009). La verdad de
la democracia. Buenos Aires: Amorrortu.
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