lunes, 8 de diciembre de 2014

Cuerpo cómplice o libertario

 “El cuerpo hace parte de un contexto que implica una historia social y corporal;
es potencia, posibilidad, situación, contingencia,  enseñanza,
aprendizaje, lugar, encuentro”
 “¿discapacitadas nosotras?” experiencias de exclusión y discriminación en los cuerpos:
 anormalidad, transgresión, fuga.

La pregunta por el cuerpo y cómo éste ha sido el lugar donde se han inscrito mis historias, dolores, frustraciones, aprendizajes  y alegrías había aparecido en diferentes momentos de mi vida, pero no contaba con las herramientas necesarias cómo para reconocer mi historia a través del cuerpo.


Siempre he sido nombrada mujer y mi construcción ha sido de “mujer”, desde el momento en que nacemos,  como dice Judith Butler en cuerpos que importan, “la interpelación médica hace pasar  a un niño o una niña de la categoría de “el bebé” a la categoría de “niño” o “niña” y la niña se feminiza mediante  esa denominación que la introduce al terreno del lenguaje y  el parentesco, a través de la interpelación de género”. Este proceso de construcción de mi feminidad aún no ha acabado, a lo largo de toda mi vida por medio de ciertos mecanismos me han sido interiorizadas una serie de normas  y reglas que han naturalizado la idea de  lo que es “ser mujer”.

En mi cartografía se ve representada las estructuras del género operando en lo que soy, en lo que creen que soy y en lo que era. Los recuerdos han atravesado esta manera de reconocerme y ubicarme en un espacio del cual nunca me he sentido dueña y mi construcción como “mujer” no me ha permitido ocupar. El hecho de no tener permitido ciertos ruidos, ni cierto tono de voz; la regulación social siempre te está recordando el lugar que te ha sido asignado y debes seguir ocupando.
No soy la misma, tampoco quiero serlo, la idea de reconocer mi cuerpo como un lugar político, que no sólo conlleva opresiones sino que puedo encontrar un sin fin de resistencias, me ha llevado a  reinterpretar mis dolores, mis miedos y mis penas (en el sentido cristiano de la palabra); las marcas que he encontrado en mi cuerpo representa un lugar y un espacio específico que he ocupado, nunca de la misma manera, pero siempre han sido momentos materiales y corpóreos que he enfrentado. En mi vida siempre han  estado presentes las tareas de cuidado, de diferentes maneras; la responsabilidad del cuidado siempre ha recaído en mí y en las mujeres de mi casa (hecho naturalizado en mi familia y en la sociedad en general).
En mi cuerpo se ven reflejados y están marcadas las tareas de cuidado,  que han sido un continum, pues siempre hay alguien que necesita de ellas. Al tener en la familia una persona que tiene una “enfermedad mental” como la esquizofrenia, los problemas del cuidado  empiezan vislumbrarse de manera irrisorias pues, como se menciona en la investigación “¿discapacitadas nosotras?”:  “los obstáculos culturales y sociales que agudizan y profundizan las dinámicas incapacitantes de una   sociedad que tiene serios conflictos de convivencia con sus alteridades, que se traducen en desigualdad social, violencia, anomia e indiferencia”, ya que empieza a ser un tema íntimo de las familias, del cual no se habla en público y sobre el cual muchas personas tienen un desconocimiento que implica violencias sobre las personas que lo vivimos, empieza también a ser un tema vedado en reuniones y si de pronto se te escapa algo que puede ser doloroso para ti genera indiferencia en los interlocutores.
La esquizofrenia no sólo la vive la persona que tiene la enfermedad también la vivimos nosotros, los que estamos cerca, muy cerca, sobre quienes recae la responsabilidad de proveerle un mejor vivir o por lo menos un vivir para la persona que padece la enfermedad.
Los visitas a las clínicas de reposo durante años fueron “el plan familiar de los domingos”, de los cuales tengo ya muy pocos recuerdos; el ver tantas personas que padecen enfermedades mentales encerradas en estas “otras cárceles”[1], personas con una lucidez impresionante pero que no soportaron vivir bajo estos regímenes de opresión y producción desmedida; estos cuerpos son catalogadas como “improductivos e inútiles en el sistema de producción hegemónico”, las cuales representan una carga para la sociedad, y qué mejor manera de sobre llevar una carga que escondiéndola y poniendo a otrxs a realizar los trabajos de cuidado que nosotrxs no estamos dispuestos a realizar.
Las enfermedades mentales forman parte de otro tipo de discapacidades, que no se ve (en algunos casos) a simple vista, y por lo mismo las maneras de relacionarnos con ellas también son diferentes, es difícil entender que una enfermedad está presente, cuando nos han enseñado que las enfermedades se hacen evidentes  y generan marcas en los cuerpos. ¿Cómo enfrentar una enfermedad cuando no sabemos realmente donde encontrarla?, cuando nos han mostrado  que existe un alma y un cuerpo, y estas no encajan en ninguna?. La manera de enfrentarnos a estas enfermedades “innombrables” son diferentes y causan una sensación de culpa y responsabilidad de quien la  padece con sus cuidadores ,  es entonces cuando estas personas buscan un punto de fuga, un escape que permita una estabilidad para los demás y sobre todo para sus propios cuerpos,  restaurándole su sensibilidad y sabiduría innatas y dándole posibilidades de expresión, puede el cuerpo contemporáneo brindar equilibro y sentido total a la existencia humana. como menciona Zandra Pedraza Gómez en su texto: El régimen biopolítico en América Latina.
La idea de un equilibrio puede  comportar   la inserción al mundo de producción de diferentes maneras, en mi caso la  religiosidad  fue este punto de fuga, que le brindo y nos brindó una estabilidad, junto a un pacto implícito de silencio y olvido.

Bibliografía:
Butler, J. (2002). Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”. Buenos Aires. Paidós.
Pedraza, Z. (2007).   Políticas y estéticas del cuerpo: la modernidad en América Latina. Zandra Pedraza (comp). Políticas y estéticas del cuerpo en América Latina. Uniandes. Bogotá. Pp. 7-39.
Ramírez, A., Moreno, N, montllor, J y bejarano, L (2013) “¿discapacitadas nosotras?” experiencias de exclusión y discriminación en los cuerpos: anormalidad, transgresión, fuga. Nómadas (Col), núm. 38, abril, 2013, pp. 151-165 Universidad Central. Bogotá, Colombia.




[1] Las nombro como “otras cárceles”, ya que estas clínicas son lugares donde se recluye a las personas que no encajan en este perverso mundo, las cuales pueden llegar a considerárseles como “peligrosas”, para ellas mismas y para los demás.

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