lunes, 8 de diciembre de 2014

Las historias que cuenta mi cuerpo

Las historias que cuenta mi cuerpo

Una reflexión que inicia desde mi paso por la academia
Por varios años recibí formación en una ciencia social en la que el cuerpo era reconocido como instrumento de control y disciplinamiento, una construcción social a través de la cual los sujetos se educan para que adopten pautas de comportamiento y normas sociales; el cuerpo se estudia (si al caso llega a hacerse) como dispositivo de poder que posibilita el ingreso dócil de los sujetos al mundo social. En mis clases de sociología varias veces escuché que Michael Foucault[1] en su libro Vigilar y Castigar (1975), mostrando especialmente la lógica con que han funcionado la institución educativa y la militar, planteó formas económicas del cuerpo en las que explica cómo con el uso y la aplicación (el conocimiento) de  lo que denominó ‘microfísica del poder’ se logra una adscripción política del individuo, sometido e inserto dentro de todo un sistema.
El cuerpo deja de pertenecerle a cada individuo para entrar a formar parte del sistema, aunque si bien la individualidad o mejor las habilidades propias no son reprimidas, estás sólo son motivadas y estimuladas para servirles a ese mismo mecanismo; haciendo que si bien haya una diferenciación, esta no deja de ser controlada y manipulada para seguir siendo eficiente y funcional, es decir para seguir estando normalizado. Nombro a Foucault siendo consciente de que dejo por fuera sus planteamientos sobre el poder y las transformaciones posibles frente a las normas y disciplinamientos que encierran a los cuerpos dentro de un panóptico que al parecer llevamos por dentro, porque el sistema provoca que nos autovigilemos y autocontrolemos; las normas se instalan como si fueran parte de la génesis misma de los cuerpos.
Si bien creo que la sociología me mostró nuevos caminos y que no todos los cuerpos formados dan como resultado la misma materia, creo que de ciertas formas hizo que mis pensamientos y formas de adquirir conocimiento quedaran constreñidos por rejas invisibles, con más trabas que salidas, con más normas que rebeldías, con más cuantificaciones que cualificaciones, con la necesidad de estar demostrando que se produce ciencia cuando a veces ni siquiera se reclama tal cosa.
Nunca me he considerado una persona rebelde, hay ciertas rupturas en mi cuerpo me cuestan mucho, aunque nunca he querido ser una mujer peinada tampoco me he despelucado mucho. Buscando otras formas de conocer el mundo y con la necesidad de romper esas normas impuestas que dejó la sociología en mí, poco a poco empecé a ver y entender que los cuerpos son territorios, no sólo mecanismos de opresión y disciplinamiento, sino instrumentos de expresión y resistencia.
Los cuerpos no sólo hablan de historias de control y sometimiento, sino también de los mecanismos que emplean para resistir; me gustaría romper con la sociología aunque creo que mi cuerpo y formas de entender el mundo quedaron marcadas por esa disciplina; a una racionalidad que desde siempre ha estado implícita en mí se le suma la racionalidad de una ciencia que grita a los cuatro vientos que es libre, pero en sus ejercicios y campos de producción de conocimiento limitan para que las subjetividades se diluyan en el sistema y los cuerpos sean objetos de un conocimiento objetivo, único e inmodificable.
No quiero desconocer que existen diferentes estudios realizados desde la sociología con enfoque diferentes, que existen sociólogos y sociólogas que han realizado nuevas propuestas desde este campo, que la sociología se mete en todo y no resulta raro que alguien hable de la “sociología del zapato” así como de la “sociología de las emociones”; pero mi experiencia con esta disciplina se encuentra atravesada por esa parte racional y llena de constricciones de la que hablo, en la que me enseñaron que no es válido salirse de ciertos parámetros “disciplinarios” para producir conocimiento y aprender del mundo.
Pensarme en el mundo a partir de mi corporalidad, asumiendo que cuerpo y mente no van por separados (como nos han hecho creer los discursos de la modernidad) es permitirme entender el “mundo” desde otra perspectiva, desde la perspectiva de las experiencias y las emociones, es abrir las posibilidades de escribir mi presente y leer mi pasado con otros lentes, es reescribir mi historia desde las historias contadas por mi cuerpo.
            Ejercicio de cartografía corporal
Miro al espejo mi reflejo y me pregunto ¿qué dice? ¿quién dice que soy? ¿cómo se encuentra disciplinado mi cuerpo? ¿cómo le han enseñado a ser? ¿cuáles son sus resistencias? ¿sus gritos de victoria? ¿sus sueños posibles? ¿sus caminos recorridos?
Mi cuerpo cuenta sus propias historias, historias que pasan por lo que soy, por lo que he construido de mí de formas consientes pero más inconscientes, las experiencias pasan por el cuerpo, se imprimen en él; Silva Citro (2010)[2] refiere que:
En tanto seres en-carnadas, toda reflexión humana, y toda escritura que intente plasmarla, se origina en experiencias sensorio-afectivo-cognitivas de cuerpos en-el-mundo. No obstante siempre es un desafío intentar develar cómo operan estos lazos en reflexión y escrituras concretas” P.17

Mi cuerpo refleja lo que mi boca a veces no dice o la contradice, adopta formas, se presenta en escenarios en los que actúo o represento un papel, dos papeles, mil papeles. Como muchas veces se dice: la vida es una gran obra de teatro sin guión, todos y todas somos protagonistas de nuestras historias, todos los cuerpos y las subjetividades que las encarnan juegan al juego de los roles sociales, algunos cuerpos más “adaptados” que otros, algunos con mayores rebeldías y subversiones, todos telas en blanco al nacer que se van pintando día a día, paso a paso, relación social tras relación social, experiencia tras experiencias recuerdo tras recuerdo.

Las experiencias pasan por los sentidos y transforman nuestro cuerpo, pero los recuerdos e interpretaciones que realizamos de estas van cambiando el sentido de esas mismas experiencias, las dotamos de otros sentidos, construimos sobre su entorno y estas reinterpretaciones también van dejando marcas en la piel, en el cuerpo, en las subjetividades que se construyen cotidianamente.

Desde orillas distantes se invoca el cuerpo como lugar y entidad en la que cobran vida y particular coloración procesos de construcción de la subjetividad y de la identidad cultural. En él se ponen en evidencia los desequilibrios en la acumulación de capital social y simbólico, las sensibilidades modernas y contemporáneas tienen su razón de ser y pueden ser identificadas, anida el proceso de civilización, los estilos de vida se realizan y las diferencias de género se debaten. En fin, el cuerpo ofrece posibilidades trasversales para la comprensión de una colorida paleta de asuntos atinentes a los estudios políticos, sociales y culturales, y a la dilucidación de procesos históricos.” (P. 9).[3]

Cuando nacemos somos telas en blanco, la vida nos va construyendo, las experiencias van dejando sus marcas, las personas con las que tenemos la suerte o la desventura de encontrarnos dejan sus huellas, los mensajes que circulan a nuestro alrededor también; somos el resultado de las sumas y las restas de muchas cosas, junto con sus multiplicaciones y divisiones; somos ecuaciones sin resolver, algunas veces representamos la figura de la incógnita, otras tantas el contenido del paréntesis o el paréntesis mismo, somos cuerpo, somos carne, somos subjetividades cuyas corporalidades caminan por el mundo y se representan a sí mismas en un performance continuo en el que se establece diferentes grados de negociación.

Presento acá el resultado de mi cartografía corporal, las historias que las acompañan se componen de relatos, fotografías, afectos y emociones; allí me reconozco como una mujer, aunque ya no tenga muy claro definir qué es eso y las palabras que se me ocurren vienen marcadas por diferentes dolores; algunos relatos atraviesan la construcción de mi cuerpo que ha sido socializado como mujer; en mi piel llevo encima historias de opresión que me han demarcado otros sitios desde los cuales me ubico, espacios que poco a poco me decido romper, algunos con mayor facilidades otros con nuevos dolores que no permiten respirar en paz. Hay violencias que han dejado su rastro encima, tristezas que escondo, miedos que se constituyen en esa etiqueta de “ser mujer” que me ha sido colgada. También hay alegrías, frustraciones, sueños cumplidos y por cumplir, amistades perdidas, placeres, felicidades, ruptura con aspectos a los que creí estar atada y algunas resistencias.

Cada una de estas historias se encuentran en mi cuerpo y en mi piel, no es necesario ir a buscar a otra parte.















[1] Foucault, Michel (1975). Vigilar y Castigar.
[2] Citro, Silvia (2010). La antropología del cuerpo y los cuerpos en el mundo. En: Indicios para una genealogía (in)disciplinar Silvia Citro (coord.) Cuerpos plurales Antropología de y desde los cuerpos. Editorial Biblos, Buenos Aires. Pp. 1758.
[3] Pedraza Gómez, Zandra (2004). El régimen biopolítico en América Latina. Cuerpo y pensamiento social. Iberoamericana, Berlin, IV, N.15, (2004): 7-­‐19.

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