Las historias
que cuenta mi cuerpo
Una reflexión que inicia desde mi paso por
la academia
Por varios años
recibí formación en una ciencia social en la que el cuerpo era reconocido como
instrumento de control y disciplinamiento, una construcción social a través de
la cual los sujetos se educan para que adopten pautas de comportamiento y
normas sociales; el cuerpo se estudia (si al caso llega a hacerse) como
dispositivo de poder que posibilita el ingreso dócil de los sujetos al mundo
social. En mis clases de sociología varias veces escuché que Michael Foucault[1]
en su libro Vigilar y Castigar (1975), mostrando especialmente la lógica con
que han funcionado la institución educativa y la militar, planteó formas
económicas del cuerpo en las que explica cómo con el uso y la aplicación (el
conocimiento) de lo que denominó ‘microfísica
del poder’ se logra una adscripción política del individuo, sometido e inserto
dentro de todo un sistema.
El cuerpo deja
de pertenecerle a cada individuo para entrar a formar parte del sistema, aunque
si bien la individualidad o mejor las habilidades propias no son reprimidas,
estás sólo son motivadas y estimuladas para servirles a ese mismo mecanismo;
haciendo que si bien haya una diferenciación, esta no deja de ser controlada y
manipulada para seguir siendo eficiente y funcional, es decir para seguir
estando normalizado. Nombro a Foucault siendo consciente de que dejo por fuera sus
planteamientos sobre el poder y las transformaciones posibles frente a las
normas y disciplinamientos que encierran a los cuerpos dentro de un panóptico
que al parecer llevamos por dentro, porque el sistema provoca que nos
autovigilemos y autocontrolemos; las normas se instalan como si fueran parte de
la génesis misma de los cuerpos.
Si bien creo
que la sociología me mostró nuevos caminos y que no todos los cuerpos formados
dan como resultado la misma materia, creo que de ciertas formas hizo que mis
pensamientos y formas de adquirir conocimiento quedaran constreñidos por rejas
invisibles, con más trabas que salidas, con más normas que rebeldías, con más
cuantificaciones que cualificaciones, con la necesidad de estar demostrando que
se produce ciencia cuando a veces ni siquiera se reclama tal cosa.
Nunca me he
considerado una persona rebelde, hay ciertas rupturas en mi cuerpo me cuestan
mucho, aunque nunca he querido ser una mujer
peinada tampoco me he despelucado mucho. Buscando otras formas de conocer
el mundo y con la necesidad de romper esas normas impuestas que dejó la
sociología en mí, poco a poco empecé a ver y entender que los cuerpos son
territorios, no sólo mecanismos de opresión y disciplinamiento, sino
instrumentos de expresión y resistencia.
Los cuerpos no
sólo hablan de historias de control y sometimiento, sino también de los
mecanismos que emplean para resistir; me gustaría romper con la sociología
aunque creo que mi cuerpo y formas de entender el mundo quedaron marcadas por
esa disciplina; a una racionalidad que desde siempre ha estado implícita en mí
se le suma la racionalidad de una ciencia que grita a los cuatro vientos que es
libre, pero en sus ejercicios y campos de producción de conocimiento limitan
para que las subjetividades se diluyan en el sistema y los cuerpos sean objetos
de un conocimiento objetivo, único e inmodificable.
No quiero
desconocer que existen diferentes estudios realizados desde la sociología con
enfoque diferentes, que existen sociólogos y sociólogas que han realizado
nuevas propuestas desde este campo, que la sociología se mete en todo y no
resulta raro que alguien hable de la “sociología del zapato” así como de la
“sociología de las emociones”; pero mi experiencia con esta disciplina se
encuentra atravesada por esa parte racional y llena de constricciones de la que
hablo, en la que me enseñaron que no es válido salirse de ciertos parámetros
“disciplinarios” para producir conocimiento y aprender del mundo.
Pensarme en el
mundo a partir de mi corporalidad, asumiendo que cuerpo y mente no van por
separados (como nos han hecho creer los discursos de la modernidad) es
permitirme entender el “mundo” desde otra perspectiva, desde la perspectiva de
las experiencias y las emociones, es abrir las posibilidades de escribir mi
presente y leer mi pasado con otros lentes, es reescribir mi historia desde las
historias contadas por mi cuerpo.
Ejercicio
de cartografía corporal
Miro al espejo
mi reflejo y me pregunto ¿qué dice? ¿quién dice que soy? ¿cómo se encuentra
disciplinado mi cuerpo? ¿cómo le han enseñado a ser? ¿cuáles son sus
resistencias? ¿sus gritos de victoria? ¿sus sueños posibles? ¿sus caminos
recorridos?
Mi cuerpo
cuenta sus propias historias, historias que pasan por lo que soy, por lo que he
construido de mí de formas consientes pero más inconscientes, las experiencias pasan
por el cuerpo, se imprimen en él; Silva Citro (2010)[2]
refiere que:
“En tanto seres en-carnadas, toda reflexión humana, y toda escritura
que intente plasmarla, se origina en experiencias sensorio-afectivo-cognitivas
de cuerpos en-el-mundo. No obstante siempre es un desafío intentar develar cómo
operan estos lazos en reflexión y escrituras concretas” P.17
Mi cuerpo refleja lo que mi boca a veces no dice o la contradice, adopta
formas, se presenta en escenarios en los que actúo o represento un papel, dos
papeles, mil papeles. Como muchas
veces se dice: la vida es una gran obra de teatro sin guión, todos y todas somos
protagonistas de nuestras historias, todos los cuerpos y las subjetividades que
las encarnan juegan al juego de los roles sociales, algunos cuerpos más “adaptados”
que otros, algunos con mayores rebeldías y subversiones, todos telas en blanco
al nacer que se van pintando día a día, paso a paso, relación social tras
relación social, experiencia tras experiencias recuerdo tras recuerdo.
Las experiencias pasan por los sentidos y transforman nuestro cuerpo, pero
los recuerdos e interpretaciones que realizamos de estas van cambiando el
sentido de esas mismas experiencias, las dotamos de otros sentidos, construimos
sobre su entorno y estas reinterpretaciones también van dejando marcas en la
piel, en el cuerpo, en las subjetividades que se construyen cotidianamente.
“Desde orillas distantes se invoca el
cuerpo como lugar y entidad en la que cobran vida y particular coloración
procesos de construcción de la subjetividad y de la identidad cultural. En él
se ponen en evidencia los desequilibrios en la acumulación de capital social y
simbólico, las sensibilidades modernas y contemporáneas tienen su razón de ser
y pueden ser identificadas, anida el proceso de civilización, los estilos de
vida se realizan y las diferencias de género se debaten. En fin, el cuerpo
ofrece posibilidades trasversales para la comprensión de una colorida paleta de
asuntos atinentes a los estudios políticos, sociales y culturales, y a la
dilucidación de procesos históricos.” (P. 9).[3]
Cuando nacemos somos telas en blanco, la vida nos va construyendo, las
experiencias van dejando sus marcas, las personas con las que tenemos la suerte
o la desventura de encontrarnos dejan sus huellas, los mensajes que circulan a
nuestro alrededor también; somos el resultado de las sumas y las restas de
muchas cosas, junto con sus multiplicaciones y divisiones; somos ecuaciones sin
resolver, algunas veces representamos la figura de la incógnita, otras tantas
el contenido del paréntesis o el paréntesis mismo, somos cuerpo, somos carne,
somos subjetividades cuyas corporalidades caminan por el mundo y se representan
a sí mismas en un performance continuo en el que se establece diferentes grados
de negociación.
Presento acá el resultado de mi cartografía corporal,
las historias que las acompañan se componen de relatos, fotografías, afectos y
emociones; allí me reconozco como una mujer, aunque ya no tenga muy claro
definir qué es eso y las palabras que se me ocurren vienen marcadas por diferentes
dolores; algunos relatos atraviesan la construcción de mi cuerpo que ha sido
socializado como mujer; en mi piel llevo encima historias de opresión que me
han demarcado otros sitios desde los cuales me ubico, espacios que poco a poco
me decido romper, algunos con mayor facilidades otros con nuevos dolores que no
permiten respirar en paz. Hay violencias que han dejado su rastro encima, tristezas
que escondo, miedos que se constituyen en esa etiqueta de “ser mujer” que me ha
sido colgada. También hay alegrías, frustraciones, sueños cumplidos y por
cumplir, amistades perdidas, placeres, felicidades, ruptura con aspectos a los
que creí estar atada y algunas resistencias.
Cada una de estas historias se encuentran en mi cuerpo
y en mi piel, no es necesario ir a buscar a otra parte.
[1] Foucault, Michel (1975). Vigilar y
Castigar.
[2]
Citro, Silvia (2010). La antropología del cuerpo y los cuerpos en el
mundo. En: Indicios para una genealogía (in)disciplinar Silvia Citro (coord.)
Cuerpos plurales Antropología de y desde los cuerpos. Editorial Biblos, Buenos
Aires. Pp. 17‐58.
[3] Pedraza
Gómez, Zandra (2004). El régimen biopolítico en América Latina. Cuerpo y
pensamiento social. Iberoamericana, Berlin, IV, N.15, (2004): 7-‐19.







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