lunes, 8 de diciembre de 2014

YO EN EL ESPACIO Y EL ESPACIO EN MI

“Las distancias sociales no siempre necesitan una lejanía geográfica, y los ocupantes de los mismos espacios “cartesianos” pueden vivir en lugares distintos”
Linda Mc Dowell


En nuestra cultura, predominantemente visual, nos hacemos una idea del mundo y de las personas que nos rodean por su aspecto. A pesar de ello, estos criterios tienen sus variaciones de una cultura a otra y de una clase social a otra. Por ejemplo, la estética y la higiene traducen en nuestro país un orden moral deseable desde las clases dominantes, un sentido de organización del mundo y de olor del mundo, donde los olores corporales son indeseables.  Sin embargo, sabemos que los olores traen consigo unas representaciones específicas que nos evocan recuerdos, simbologías y momentos específicos de nuestra historia de vida, donde alguna vez no existían olores buenos ni malos, simplemente eran distintos.

Los olores corporales son los que, a modo personal, más se han grabado en mi memoria.  El olor de mi madre, de mis parejas, del sexo…  Sin embargo, otros olores del entorno tampoco se olvidan, son los olores espaciales.  El olor de la Localidad Los Mártires es de mierda, el olor de Suba es artificial pero respirable, el olor de Bosa es a Pan y sudor.  Todo esto tiene un sentido, tiene una historia de por qué YO lo percibo de esta forma, de una forma que podría ser muy distinta a la experiencia que podría vivir otra persona pasando por los mismos sitios.  Y es que mi historia y mi experiencia se cruzan para dar un significado a cada cosa que vivo, a cada situación que percibo.

Pero, ¿por qué existe la necesidad de configurar unos límites a los espacios vitales que ocupamos? Esto pudo haberse originado en la necesidad de fragmentar para poder administrar desde la hegemonía política y económica, pues a pesar que nombramos una localidad, los límites más allá de las calles o los ríos, los configuran nuestras representaciones y las dinámicas particulares de determinados grupos sociales.  Como lo expresa Linda Mc Dowell, pareciera que existe la necesidad de “pertenecer” y formar parte de un área local, sin embargo, al perderse los límites de lo local por los efectos de la globalización, no se pierde el sentido de pertenencia como tal, sino que se extiende a varias partes del mundo.

Es así como no podríamos hablar de un efecto acumulativo e inductivo de la incidencia del espacio en nuestras representaciones sociales, pues no vamos de lo particular a lo general, ni de lo individual a lo global.  Más bien somos un encuentro de todas ellas en distintos momentos de nuestras vidas y mediadas por relaciones de poder en distintas circunstancias.

Nuestros sentidos juegan entre sí para lograr percibir el mayor número de experiencias del mundo, por ello fraccionarlos sería un desacierto.  Al recordar un olor, por ejemplo, se visualiza cierta situación, se percibe un clima, una temperatura, ciertos sonidos o ruidos. De la misma forma, nuestra manera de entender la manera como ocupamos el espacio y cómo el espacio nos ocupa, debe ser de manera sensorial y representativa.  Esto querría decir que no nos basta con describir algo que sucede, implica también realizar las distintas conexiones con el entorno sigificativo.

Las representaciones del género están mediadas también por esta convergencia de lugares simbólicos y geográficos que se van construyendo dinámicamente en una sociedad.  Así mismo, el lugar que le damos a los sentidos configura cierta jerarquía en nuestra percepción y representación.

Durante varias décadas nos hemos comido el cuento de ser “occidentales”, cuando esta clasificación se otorgó por ser los países occidentales quienes invadieron América.  El ser occidental se convierte así en una identidad cultural impuesta, sin embargo las resistencias salen a flote al tratar de cuestionar esta decisión, principalente movimientos sociales de corte feminista decolonial.

Es así como mediante nuestras representaciones mediadas por nuestros sentidos, nuestro cuerpo como tal y las experiencias que vivimos como parte de una dinámica geográfica en constante movimiento, nos damos cuenta de la importancia que cobran las relaciones cada vez más indirectas e impersonales. La relación con las máquinas cobra mayor sentido y surgen tecnologías del cuerpo cada vez más especializadas que justifican e incorporan al mismo cuerpo ciertos dispositivos para aumentar la experiencia sensorial, fines estéticos, médicos o para configurar identidades.

Aunque todo esto tenga que ver con una industria en auge de tecnologías del cuerpo, la búsqueda constante pareciera ser poderse conectar a un nivel más amplio con el mundo.  Incluso ya se están fabricando tecnologías que permiten navegar por internet haciendo contacto con el propio cuerpo a través de una proyección u holograma.  Nuestro cuerpo ahora es el espacio y el escenario para que la globalización se manifieste, es un instrumento más de la tecnología porque cada vez necesitamos deshacernos de los accesorios y ser nosotros el accesorio para todo.


Políticamente esto tiene unas implicaciones particulares.  La información pasaría ahora por el sentido del tacto y por tanto su impacto es mayor.  Este es uno de los ideales para ser parte del “todo” y por lo tanto las estrategias de información para llegar a la población que lo utilice va a tener un mayor impacto al estar incorporado en el propio cuerpo (cyborg).

¿Será entonces que la incorporación de dispositivos tecnológicos al cuerpo pretende acercarse aún más a esa identidad global? ¿Cuál sería entonces ese nuevo marco de referencia geográfica para referirnos y contextualizar cualquier dinámica de orden social?


Estas y tal vez más inquietudes quedan aún por contestar, sin embargo, podríamos decir que una nueva identidad global trata de imponerse, la identidad de lo variable y fluctuante que intenta meterse “hasta los huesos”.

LIZETH RUIZ B.

No hay comentarios:

Publicar un comentario