“Las
distancias sociales no siempre necesitan una lejanía geográfica, y los
ocupantes de los mismos espacios “cartesianos” pueden vivir en lugares
distintos”
Linda
Mc Dowell
Los
olores corporales son los que, a modo personal, más se han grabado en mi
memoria. El olor de mi madre, de mis
parejas, del sexo… Sin embargo, otros
olores del entorno tampoco se olvidan, son los olores espaciales. El olor de la Localidad Los Mártires es de
mierda, el olor de Suba es artificial pero respirable, el olor de Bosa es a Pan
y sudor. Todo esto tiene un sentido,
tiene una historia de por qué YO lo percibo de esta forma, de una forma que
podría ser muy distinta a la experiencia que podría vivir otra persona pasando
por los mismos sitios. Y es que mi
historia y mi experiencia se cruzan para dar un significado a cada cosa que
vivo, a cada situación que percibo.
Pero,
¿por qué existe la necesidad de configurar unos límites a los espacios vitales
que ocupamos? Esto pudo haberse originado en la necesidad de fragmentar para
poder administrar desde la hegemonía política y económica, pues a pesar que
nombramos una localidad, los límites más allá de las calles o los ríos, los
configuran nuestras representaciones y las dinámicas particulares de
determinados grupos sociales. Como lo
expresa Linda Mc Dowell, pareciera que existe la necesidad de “pertenecer” y
formar parte de un área local, sin embargo, al perderse los límites de lo local
por los efectos de la globalización, no se pierde el sentido de pertenencia
como tal, sino que se extiende a varias partes del mundo.
Es
así como no podríamos hablar de un efecto acumulativo e inductivo de la incidencia
del espacio en nuestras representaciones sociales, pues no vamos de lo
particular a lo general, ni de lo individual a lo global. Más bien somos un encuentro de todas ellas en
distintos momentos de nuestras vidas y mediadas por relaciones de poder en
distintas circunstancias.
Nuestros
sentidos juegan entre sí para lograr percibir el mayor número de experiencias
del mundo, por ello fraccionarlos sería un desacierto. Al recordar un olor, por ejemplo, se
visualiza cierta situación, se percibe un clima, una temperatura, ciertos
sonidos o ruidos. De la misma forma, nuestra manera de entender la manera como
ocupamos el espacio y cómo el espacio nos ocupa, debe ser de manera sensorial y
representativa. Esto querría decir que
no nos basta con describir algo que sucede, implica también realizar las
distintas conexiones con el entorno sigificativo.
Las
representaciones del género están mediadas también por esta convergencia de
lugares simbólicos y geográficos que se van construyendo dinámicamente en una
sociedad. Así mismo, el lugar que le
damos a los sentidos configura cierta jerarquía en nuestra percepción y
representación.
Durante
varias décadas nos hemos comido el cuento de ser “occidentales”, cuando esta
clasificación se otorgó por ser los países occidentales quienes invadieron
América. El ser occidental se convierte
así en una identidad cultural impuesta, sin embargo las resistencias salen a
flote al tratar de cuestionar esta decisión, principalente movimientos sociales
de corte feminista decolonial.
Es
así como mediante nuestras representaciones mediadas por nuestros sentidos,
nuestro cuerpo como tal y las experiencias que vivimos como parte de una
dinámica geográfica en constante movimiento, nos damos cuenta de la importancia
que cobran las relaciones cada vez más indirectas e impersonales. La relación
con las máquinas cobra mayor sentido y surgen tecnologías del cuerpo cada vez
más especializadas que justifican e incorporan al mismo cuerpo ciertos
dispositivos para aumentar la experiencia sensorial, fines estéticos, médicos o
para configurar identidades.
Aunque
todo esto tenga que ver con una industria en auge de tecnologías del cuerpo, la
búsqueda constante pareciera ser poderse conectar a un nivel más amplio con el
mundo. Incluso ya se están fabricando
tecnologías que permiten navegar por internet haciendo contacto con el propio
cuerpo a través de una proyección u holograma. Nuestro cuerpo ahora es el espacio y el
escenario para que la globalización se manifieste, es un instrumento más de la
tecnología porque cada vez necesitamos deshacernos de los accesorios y ser
nosotros el accesorio para todo.
Políticamente
esto tiene unas implicaciones particulares.
La información pasaría ahora por el sentido del tacto y por tanto su
impacto es mayor. Este es uno de los
ideales para ser parte del “todo” y por lo tanto las estrategias de información
para llegar a la población que lo utilice va a tener un mayor impacto al estar incorporado en el propio cuerpo (cyborg).
¿Será
entonces que la incorporación de dispositivos tecnológicos al cuerpo pretende
acercarse aún más a esa identidad global? ¿Cuál sería entonces ese nuevo marco
de referencia geográfica para referirnos y contextualizar cualquier dinámica de
orden social?
Estas
y tal vez más inquietudes quedan aún por contestar, sin embargo, podríamos
decir que una nueva identidad global trata de imponerse, la identidad de lo
variable y fluctuante que intenta meterse “hasta los huesos”.
LIZETH RUIZ B.
LIZETH RUIZ B.

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