Cuerpo
mío, cuerpo yo
¡Oh,
cuerpo mío, haz siempre de mí una mujer que interroga![1]
Fanon
(2009)
No estoy fuera de este
cuerpo, ni tampoco dentro, soy un todo, un amasijo de carne, tripas, sangre, que se me escapa de vez en vez, huesos
que me dan forma, pero no hacen un trabajo de escultura mejor que las mismas
ideas y discursos, que van delineando una materialidad, de ocupar un lugar, un
espacio, un vacío. No hay un afuera exterior, hay un afuera interno.
El cuerpo es una construcción simbólica, no una realidad
en sí mismo (Turner, 1990) por ello, entender y escudriñar en los significados del
cuerpo, de mi propio cuerpo, implica entenderme dentro de una maraña de
simbolismos que socialmente he ido incorporando, que he apropiado, que he
tomado como parte de una identidad, que en este momento no entiendo como algo
fijo, como algo estático, sino que por el contrario, cambia y se metamorfosea, poniéndome
en muchos lugares y de muchas formas.
La formación inicial, los
primeros años de vida, han de definir muchas de las marcas que han quedado en
el cuerpo, marcas que se atisban a través de las relaciones que establezco entre
el mundo y yo. Son muchos los lugares desde los cuales se va formando un
cuerpo, son muchas las palabras y acciones que quedan en nuestra memoria consciente
o inconsciente, en mi caso, desde un cuerpo de mujer, son muchas las maneras
como la sociedad va poniendo sobre el cuerpo ese deber ser, a partir de
supuestos de buen comportamiento, lo aceptado para lo que deben ser las mujeres,
pero también desde lo vulnerable, lo débil,
lo violable, lo prescindible.
A lo largo de mi vida, he
sido mujer de tantas formas, desde los miedos, que nos enseñan, desde las
libertades que busco, desde el placer que se niega, desde la indecencia que se
juzga, yo, mujer, en cuerpo de mujer, he sido habitada por muchas otras
mujeres, me he experimentado mujer de muchas formas. Para el caso de muchas
mujeres, socialmente construidas, es el miedo la forma aprendida de ser en el
mundo, de hacerse y sobre todo de nombrarse.
Partiré acá de tres reflexiones que me llevaron a pensar la manera como habito
el miedo, como se inserta en mi propia construcción de persona. Estas son: el movimiento, la voz y la vista.
El movimiento, lo relaciono
con la manera de habitar espacios, espacios que hacen parte de una lógica de
poder, que están condicionados y a los que llegamos con unos códigos aparentemente
resueltos, tenemos interiorizados unas formas de habitar muchos espacios; los
espacios están determinados por una clasificación que deviene de una clasificación
social binaria de género. En este sentido, los lugares no son neutros, y nosotr*s
tampoco lo somos en ellos.
A las mujeres se nos enseña
desde el miedo a habitar los espacios públicos, y cuando existe el miedo, nos
detenemos, caminamos con la inseguridad de ser las posibles víctimas; las
calles, por ejemplo, han sido sacadas de nuestras posibilidades de movimiento. El
miedo como condicionante de movilidad, no está relacionado únicamente con ir y
venir de un lugar a otro, esta además cruzado por la manera que se establecen
relaciones con l*s otr*s. El miedo esconde, guarda, oculta.
Las relaciones de poder que
atraviesan los espacios, dividen en
espacios que son de control de hombres (público) y de mujeres (privado), pero
se suma a esto, las separaciones de clase y raza, por tanto, existen unos
cuerpos permitidos y aceptados en muchos espacios, otros a los que le cuesta
transitar por espacios determinados. Así pues, pensar en un centro comercial,
no es se habita de la misma manera si trabajo en el o si hago de él un espacio
de recreación, y en uno y otro rol, existe una separación de clase, de género y
de raza.
Un segundo lugar de reflexión,
es la voz, y en cómo se ocupa el espacio a través de la voz, pareciera que la voz solo saliera del cuerpo, sin más una explicación,
pero la manera como se han definido los
tonos, las expresiones, las explosiones, el grito, llena un espacio, construye
un cuerpo en unas relaciones. Las construcciones discursivas de la diferencia
sexual, hacen de la voz para las mujeres un espectro invisible, se condicionan
unas formas definidas, un tono suave, unos comentarios apropiados.
La voz en el caso de las
mujeres, la voz ha sido negada, las opiniones calladas y el propio pensamiento
opacado, claro, se hace esto mucho más entendible cuando se ve atravesado por
marcas raciales y de clase. Quienes hablan y en que espacios, cuando lo que habita
es el miedo, de nuevo, la voz no
aparece, el silencio ocupa la mayor parte de los espacios, o mejor anula la
posibilidad de pensar los espacios. La negación de la voz exterior, hace que se
niegue la voz interior, que se dude de ella, que no permita contar con su
alianza, con las posibilidades de hacerse cargo de un lugar, de una vida.
Por ello, resulta un acto de
resistencia ocupar la voz negada, ocupar
el espacio social con la propia construcción de conocimiento, la propia,
desde los lugares particulares que se habitan, desde la particularidad, que no
es ajena a un lugar social, pero que es lo que nos permite conocer de la manera
que conocemos. Ocupar la voz, sacar la voz, resulta ser la manera de romper el
miedo, de creer en un camino y unas
elecciones, que son las que me permiten ser, las que he decidido ser, y sobre todo las que me hacen ser.
Finalmente, no es posible
hablar del cuerpo, sin entenderlo a través del espectro de los sentidos, atados
a la jerarquía de lo visual, y lo visual atado a una jerarquía de cuerpos, a
unas formas definidas, a unos patrones aceptados. Mientras tanto, los otros
cuerpos, los que no encajan, son atacados. Son los patrones de belleza, quizás los más violentos en la formación de los cuerpos, por
que estos se mezclan entre lo visual y lo cualificado. Una mujer debe verse
como una mujer bella, y anclar a esta construcción material, las cualidades que
engrandecen la belleza, la disposición de los cuerpos, que como ya se ha venido
reflexionando, no es solo material.
La cultura de lo visual,
casa cosa que pasa por otras partes sensibles del cuerpo, las traducimos en imágenes,
cuando cerramos los ojos y nos detenemos a escuchar lo que ocurre, los sonidos
no se separan de las imágenes, nuestro cerebro en acciones de asociación rápida,
nos entrega una imagen. Las imágenes de todas las cosas nos ponen en un lugar,
como me veo, como me muestro, que quiero que l*s demás vean de mí. Estas preguntas
pasan inconscientemente a la hora de elegir algo aparentemente tan simple como
la ropa, los adornos y las cosas que ponemos sobre nuestros cuerpos.
La reflexión desde la cartografía,
implica reconocer esos espacios mediados por las disposiciones exteriores, que
en última instancia, termina siendo todo una corporalidad, no se pueden hacer
referencias a partes aisladas de un cuerpo.
BIBLIOGRAFIA
FANON, F. (2009). Piel
negra, máscaras blancas. editorial Akal, Madrid-España.
Le Breton, D. (2002). Lo
inaprensible del cuerpo. En: D. Le Breton, Antropología del cuerpo y
modernidad. Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión.
McDowell, L. (1999). Género,
identidad y lugar: Un estudio de las geografías feministas. Ediciones Cátedra.
[1]
Modifico acá la frase original “¡oh cuerpo mío, haz siempre de mi un hombre que
interroga!” de Fanon en Piel negra, máscaras blancas.
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